Ciento cuarenta y ocho

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-Nunca debí dejarte -susurró entre uno de los besos apasionados que me dio. Sus manos recorrían con urgencia mi cuerpo despertando todos mis sentidos, erizando mi piel y olvidando que mi odio por él disminuía con cada roce.

Eso se suponía que trataba de hacer, hasta que de nuevo apareció en el umbral de mi casa, intentar odiarlo; desear odiarlo.

-Pero lo hiciste -mascullé después de morder su labio inferior con fuerza provocando un pequeño brote de sangre.

-Y fui un estúpido por haberlo hecho. Bonita, te quiero -dijo en un tono apenas audible y esas palabras tan gastadas hicieron latir mi corazón con fuerza, no puede corresponder sus palabras porque me había quedado muda de pronto o quizá eran las mariposas que vomitaban arco iris en mi estómago que no me permitían sincronizar mi cerebro con mi boca.

Lamió la poca sangre que salió de su labio para después sonreír de lado y mirarme con ternura. -Llámame masoquista, pero me gustó tu lado vampiro. -Reí por su comparación y en mucho tiempo no me había sentido tan feliz y completa como en ese momento. Había sido débil por haberlo dejado entrar, desde el momento que hablamos en la puerta de mi casa; mis defensas habían colapsado y me encontraba desprotegida ante él.

- ¿Me vas a decir que haces aquí? -Bufó molesto rodando los ojos para después separarse un poco de mí. Jalaba sus cabellos frustrado mientras caminaba en círculos por toda la sala de estar. No sabía con claridad que finalidad tenía mi pregunta pero muy en el fondo tenía la esperanza de que él la hubiese dejado por mí. Estúpido. Pero al final era una esperanza -. Necesito saber.

-Yo... No puedo con esto. -Susurró dejándose caer en uno de los sofás. No era la respuesta que anhelaba.

- ¿Con qué? -pregunté después de unos minutos de silencio, sus ojos permaneciendo cerrados con la mandíbula tensa como si quisiese retener las lágrimas que retenía con fuerza.

- ¿No te darás por vencida, no es así? -espetó.

-Me enseñaste a ser terca. No, no lo haré. -Una risa amarga salió de su garganta seguido por un suspiro lastimero.

-Dime, ¿si te lo digo, me odiarías? -preguntó en un hilo de voz, sentía que de pronto se podía romper en muchos pedazos con el roce de un pétalo.

-Sabes, deseo odiarte, más de lo que imaginas.

- ¿Eso es un... no? -cuestionó. Había olvidado que tenía que explicarle las cosas con manzanas; era un tonto. Era el tonto del que me había enamorado perdidamente.

-Es un, no. -Afirmé sonriente a lo que él correspondió con una cálida sonrisa.

-Prometelo -dijo con insistencia.

-Prometo no odiarte.

El silencio reinó el lugar, permanecí callada porque sabía que él no estaba preparado para decir lo que fuese a salir de su boca, un escalofrío recurrió mi ser al sentir que entrelazaba sus dedos con los míos ejerciendo un poco de presión en ellos. Después de mucho tiempo sin haber sentido su piel con la mía me provocaba nerviosismo como cuando recién lo conocí. A quien engañaba, mis sentimientos por él no habían cambiado en absoluto.

Aún sabiendo que jamás iba a ser completamente mío. Aún sabiendo que jamás lo sería. Siempre había pensado que él era lo mejor que me había pasado en la vida y en ese momento sabía que no me había equivocado. Se mostraba pensativo y dudoso. Nunca me encontraba preparada para los malos ratos, para las respuestas sin tapujos y mucho menos para confesiones sinceras.

- ¿Qué es lo que sientes por mí? -preguntó desapareciendo el silencio entre nosotros.

- ¿Qué es lo que tú sientes por mí? -contra ataqué. Quería evitar la pregunta. Además, no debía volver a abrirme a él, así nada más, a menos que quisiese volver a llorar un mar salado por él.

Deseo OdiarteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora