Ciento Cincuenta (Capítulo Final 1/3)

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Me la estaba pasando de lo peor. Los últimos meses estuve lidiando con una niña de cinco años metida en un cuerpo de veintidós.

Dolor de cabeza tras dolor de cabeza, no bastaba dejar en claro que si el bebé era mío por supuesto y sin rechistar me haría cargo de él. Casi llevé a Evelin a rastras a las consultas de cada mes, a las revisiones de rutina y ya casi la encerraba en un cuarto de manicomio cuando la vislumbré en una tienda de conveniencia comprando alcohol y cigarros para ella. La muy cínica ni siquiera negó que fuesen para su persona sino que casi lo dijo con orgullo.

¡Dios! Solo yo tengo la culpa por haberme metido en esto. Aún no entiendo como me dejé llevar si tenía la firme idea de esperar a mi princesa toda la vida si era necesario. Ya tenía ganas de tirar la toalla, dejar todo, que la inmadura de Evelin hiciese lo que se le hinchara pero me detenía la criatura que tenía en el vientre.

Si no era mío, ¿qué pasaría?

Padre no es el que engendra sino el que cría. Después de todo yo había estado todo el tiempo al pendiente. Quizá era que ya quería a ese pequeño ser que venía en camino. No hay coincidencias, hay consecuencias. Mi mente era un lío pero gracias al cielo ya eran contados los días para que mi hijo naciera o quizá mi hija, la muy... hija de su madre no quiso revelar el sexo del bebé y estaba bien, sería una sorpresa muy agradable después de todo. No importaba que iba a ser sino que naciera con salud, completo, con bien.

Debía madurar por los dos, debía crecer lo que me hacía falta como persona, era un verdadero estrés pero así tenía que hacer las cosas; de una manera fría y calculadora.

Narra él

A pesar de que la temporada de calor estaba presente el clima era agradable. La brisa era ligeramente fresca, el cielo estaba nublado haciendo aún más agradable la idea de dar una caminata.

No conocía bien la cuidad ya que solo estaba de paso, la zona era tranquila en cuestión de delincuencia, todos parecían conocerse, era agradable estar en un lugar donde se respiraba un poco de paz; justo lo que necesitaba.

Opté por ir a unos de esos lugares concurridos donde encuentras de todo a precio casi de regalo.
Se me antojaban unas fresas bañadas de chocolate. El estómago se me encogió de solo pensar en ese sabor, mi subconsciente aún lo relacionaba con una persona en especial.

Después de tanto tiempo ya no dolía como al principio, después de todo el tiempo deja que las heridas sanen para solo dejar leves cicatrices sin importancia. Después de todo había logrado sobrellevar la situación de perder todo y quedarme en ceros.
Logré recordar sin que doliera, no negaba que aún producía algo en mí pero no con la misma intensidad.

Sin darme cuenta ya estaba entre el tumulto de gente dentro de los puestos ambulantes. Lo tradicional es dar una vuelta inspeccionando la mercancía y después adquirir el producto precisamente eso haría. La idea eran esas fresas con chocolate que hacían agua mi boca, pero no me hacía daño despejar mi mente.

Pronto me engenté y quise huir de ese lugar. Los niños gritando, los vendedores diciendo: pasele, pasele si hay o pregunte amiga, sin compromiso. Me tenía hasta la coronilla. Además de la lentitud con la que andaban; una puta tortuga iba más rápido que ellos, y todavía se quejaban por que los empujabas sin querer o llegabas a rozarlos.

Mi único objetivo eran las estúpidas y jodidas fresas.

Ya casi llegaba al bendito puesto de los antojitos que había pasado, solo unos cuantos más y me podía largar de ahí.

Sonreí como estúpido al casi llegar al puesto pero de inmediato mi sonrisa de borró al ver una figura que conocía de más.

Mi bonita.

Narra ella.

—Tengo antojo de algo —mencioné al chico que bostezaba a mi lado.

—Tu puto chocolate de mierda, ¿cierto? —dijo rodando los ojos mientras suspiraba frustrado.

— ¡Vamos! —exclamé al sentir que la saliba se acumulaba en el interior de mis mejillas —. Yo pago.
No le tuve que insistir más al idiota que me acompañaría, siempre era así; en vez de decir por favor como palabra mágica decía yo pago pareciendo que le prendía un fósforo en el trasero porque de inmediato aceptaba.

—Estoy listo.

Caminamos en silencio por unos minutos que no duraron nada.

— ¿Has hablado con Kevin? —preguntó de pronto.

—No. —Suspiré para mis adentros.
—Uhm, ¿y con D...?

—Ni siquiera te atrevas a decir su nombre. —sentí mis venas arder—. Tampoco, si eso deja tu mente tranquila.

—Está bien, bonita.

Le saqué el aire de un golpe en la boca del estómago. Sabía que contarle era más que una mala idea pero él logró ver la sombra que había detrás del brillo de mis ojos, claramente fingido. Solo nos separamos un par de años, era de esperarse que viera la tristeza en mi.

No sabía de que tenía antojo, bueno, claro estaba que era de chocolate pero no sabía con que.

Llegamos a uno de mis lugares favoritos en el mundo, me encantaba todo lo que había ahí, quería comprar todo pero llevaba a alguien que me controlaba. Estúpido primo jodido ya me había tomado de la mano como niña chiquita para no correr por más cosas que según él no necesito. Él no sabes nada de mis necesidades.

—Solo venimos por un antojo, no muchos —susurró en mi oído al percatarse que un bolso había captado mi completa atención.

Llegamos a un puesto de comida, snack, helados, frituras y demás. Mi estómago se hizo notar cuando vi las fresas cubiertas con mucho, mucho, mucho chocolate. ¡Dios! Después de todo era nutritivo, ¿las fresas son una fruta, no?, y eso era bueno si no me equivoco.

Le pedí unas con extra chocolate al vendedor junto con el pedido de mi odioso primo.

Me tomó por la cintura, cosa que no me incómodaba, pero después bajó a mi mejilla depositando un beso no mayor a dos segundos —Hazme caso y por favor, no voltées —acto seguido y como si me lo hubiese ordenado viré mi rostro en busca de algo que él no quisiera que viese.

Ojalá no lo hubiera hecho. Sentí una punzada en medio del pecho, una desgarradora y dolorosa que provocó que pusiera la mano en el lugar donde dolía. Mis ojos comenzaron a arder y mi estómago ya no quería esas fresas  aunque le pusieran todo el chocolate del mundo. De pronto me sentí ofuscada, me faltaba el aire y solo quería correr de ahí.
Lo vi a los ojos por una fracción de segundo y eso bastó para que me rompiera. Su mirada era dura, fría; como si me odiara y me guardara rencor.

Unos fuertes brazos me envolvieron sin aviso —te dije que no voltearas — negué bajando mi mirada y él apretó más su agarre.

—Salgamos de aquí. —Propuso y accedí de inmediato ya que las lágrimas se estaban empezando a acumular y sabía que no podría retenerlas aún más.

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Ayyyy me siento de la patada, sé que estoy prolongando el final pero debo sacar todooooooo lo que siento ya que no habrá segunda parte, prometo que solo dos partes del último capítulo y viene el epílogo.
Nos leemos después :3

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