Rebanada 49. Resultados e incertidumbre.

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El solo pensar que adentro había seis jueces y no dos o uno como se acostumbraba, provocó que las piernas de Pepe temblaran y se sintieran frágiles, no obstante, cuando quiso dar el paso, el joven pianista sintió como si sus piernas se hubiesen convertido en dos enormes columnas de cemento, para cuando José entró al aula, ya tenía el rostro empapado de sudor.

—Buenas tardes —saludó José con voz temblorosa, parándose frente a la mesa en la que los jueces lo examinaban—. Mi nombre es…

El juez estricto que le había aplicado la audición final el año pasado, le dijo con sonrisa burlona:

—Yo sé quién eres, José. El año pasado abandonaste el recinto porque no supiste tocar Moonlight de Beethoven. Me hiciste perder el tiempo. Luego, cuando se te brindó la oportunidad durante invierno, no pudiste tocar de nuevo la misma sonata. Sé que es complicada, es más, tenemos alumnos de años avanzados que la tocan pobremente, pero es que, como ves, ya eres nuestro bufoncito.

José sintió que su corazón se rompió cuando miró la sonrisa en los seis jueces.

—El año pasado también se presentó con una composición original —sonrió una juez mientras miraba un folder—. Esta vez Pepito trae un chiste nuevo.

Al escuchar la risa de los jueces, José tomó con su mano derecha su muñeca izquierda ya que en ella llevaba atado el listón que Amelia le había regalado.

El juez estricto entonces dijo:

—Pero a mí me gusta su chiste clásico de Moonlight. Todos estamos ansiosos por ese. Pero cuéntalo completo, Pepito. Si nos gusta, nos cuentas tu nuevo chistecito en la audición final, si no puedes tocar Moonlight decentemente, no quiero que nos hagas  perder el tiempo.

José asintió. Un juez le entregó una libreta con la partitura de Moonlight y, aunque José la había practicado tanto a tal punto que ya la sabía de memoria, tomó la libreta y la acomodó nervioso en el atril del piano.

Pepe se sentó, miró la partitura, luego cerró los ojos, pensó en Amelia, la imaginó patinando. Pepe respiró hondo, abrió los ojos y comenzó a tocar.

Horas después, mientras el profesor Emilio recordaba sus tiempos como estudiante en Bellas artes, miró a José salir del edificio. Estaba pálido y no dejaba de tocar su muñeca izquierda con su mano derecha.

—¿Tocaste “Amelia” sin ningún error? —preguntó Emilio preocupado.

—No pude…

—¡¿Qué?! ¡¿Pero qué pasó?! ¿Te pusiste nervioso?

—Sí. Había seis jueces riéndose de mí. Me dijeron que ya me ubicaban como su bufoncito Pepito, luego me pidieron tocar Moonlight completa. Los tres movimientos.

—¡¿Y qué pasó?! Dime que pudiste hacerlo. Moonlight la practicamos como locos… Deberías incluso saberla de memoria.

—Pasé a la siguiente etapa.

Emilio gritó y abrazó a Pepe efusivamente, entre tanto, los jueces, repartidos nuevamente en los tres salones, continuaron mirando el resto de audiciones sin poder sacarse de la cabeza la presentación perfecta de Pepe.

Algunas semanas después de los exámenes de admisión a la universidad, se dio a conocer que Talía fue aceptada en Pedagogía, Félix en Gastronomía, Carla en Contabilidad, Sebastián en Historia, Pepe en la Facultad de Ingeniería, y Marina y Héctor en la Facultad de Medicina, sin embargo, aunque todos estaban felices por sus resultados, les pareció ridículo que Diego hubiese recibido ese día cartas de admisión para la Facultad de Medicina, de Ingeniería, Arquitectura y de Contabilidad, y tan solo unos días después, carta de aceptación para la Facultad de Medicina en la UNAM.

Piña IIDonde viven las historias. Descúbrelo ahora