Capítulo 9

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Capítulo 9

Maia

–¿Wendy esto es realmente necesario? –pregunté.

–Por supuesto que sí, ¿no te das cuenta cómo se notan?

–Bueno sí. Es que son muy grandes y por ello me puse esta remera ancha, para disimularlas –miré hacia mi pecho.

–No alcanza con eso –me dijo con la cabeza metida en su closet y revolviendo todo.

Después de encontrarme con Wendy en la plaza, hablamos un buen rato. A grandes rasgos le expliqué por tercera vez mi rara historia, no tanto por pedido de ella si no más por mí, me sentía en deuda y quizás esa era mi forma de justificarme.

Ahora nos encontrábamos en su casa ¿La razón?: ella señalaba que mis pechos se notaban mucho sin un corpiño, por ello insistió en que fuéramos a su casa para que me prestara uno.

–Intenta con éste –me dijo con una sonrisa y sus ojos celestes clavados en mí.

–No tenés alguno, que sea menos... femenino –pregunté viéndole el color rosado y las puntillas.

–Nad, todos son más o menos igual.

–Sí, pero...

–Pero nada. Eso va debajo de la remera nadie te lo va a ver. Y si te lo ven, no llamaría la atención porque pensaran que sos una chi...

–Sí, sí ya entendí –la interrumpí –. De acuerdo. Ya vengo –exclamé no muy convencido.

–¿A dónde vas? Cámbiate acá, así te ayudo si lo necesitas.

–¿Acá? ¿Adelante tuyo?

–No tenés nada que no vea todos los días en mí.

–Sí... pero igual.

–Mirá, si te hace sentir mejor me doy vuelta y no miro, ¿más tranquila?

–Sí, más tranquilo –señalé puntualizando la o.

–Sí, perdón, es que me cuesta, no fue apropósito –sonrió y junto las manos como si fuera a rezar.

Wendy volteó y me quité la remera dejando al aire mis pechos. Un poco por inexperiencia y un poco por nervios tardé bastante en ponerme el corpiño.

–¿Ya? –preguntó.

–No puedo cerrarlo.

–Te ayudo.

Se volteó y me lo prendió por la espalda.

–Está muy ajustado.

–Sí, vas a tener que comprarte uno de tu talla, esto es solo por ahora. Son mucho más grandes que las mías –exclamó examinando de cerca mis pechos.

–No me mires así ¿Es normal que sea tan incomodó? –dije tirando de distintas partes del corpiño.

–Al principio sí, pero ya te vas a acostumbrar.

–Lo dudo, no voy a estar así mucho tiempo.

Wendy se sentó en la cama y desde allí me observó en silencio.

–¿Qué? –pregunté volviendo a ponerme la remera.

–Hay algo que quiero preguntarte. Desde que me contaste lo que sucedió repetís que vas a volver a tu forma natural, pero...

–¿Pero? –quise saber.

–¿Estás seguro de que va a ser así?

–Yo sé a qué te referís, aún no se la causa, pero cuando la descubra...

–No me refiero a eso. Quiero decir que: supongamos que encontrás la causa, pero aun así no hay forma de que vuelvas a la normalidad –se encogió de hombres – ¿Qué pasa?

Wendy me puso los pies sobre la tierra. Desde el primer momento yo estaba convencido que de una forma u otra volvería a la normalidad, no se había cruzado por mi cabeza la posibilidad de que quedar así para el resto de mi vida. Me miré en el espejo de su habitación y toqué mi rostro.

–Así para siempre –exclamé.

Como siempre mi amiga, leyó mis pensamientos e intentó animarme cambiando de tema:

–Bueno, no importa, ya lo veremos –me dijo dándome palmadas en la espalda y con una renovada energía –¿Queres que te preste alguna otra prendita? –me preguntó con una sonrisa pícara y guiñándome un ojo.

–Desde luego que no.

–¿Seguro? Tengo algunas ropitas que se verían genial en ese cuerpo –la miré mal y ella explotó en una fuerte carcajada –. Es broma.

A los pocos minutos había olvidado por completo mi tristeza y nervios gracias a su ayuda. Quizás ahora entiendan porque es tan importante para mí.

* * *

Con el corpiño a cuestas volví a mi casa. La verdad es que me sentía sumamente incomodó. Cuando nadie miraba, o por lo menos eso pensaba que así era, tiraba de las tiras de éste o intentaba acomodar dentro mis pechos. Wendy iba a mi lado y lo único que atinaba a hacer frente a mi incomodidad era reírse, o hacer alguno de sus chistes.

–No es gracioso –exclamé al fin fastidiado de sus continuas burlas.

–Ya lo sé, ya lo sé. En cuanto lleguemos a tu casa vas a poder quitártelo y las "chicas" serán libres otra vez –abrió sus brazos como si quisiera volar y su largo cabello rubio bailoteó en el aire.

–Más chistes.

–Aunque te recomiendo que no pases mucho tiempo sin uno.

–¿Por qué?

–¿Por qué va a ser, tonto? ¿Cuál es la razón por la cual las mujeres usamos corpiño?

–No sé, ¿les gusta sufrir?

–En parte sí, por eso nos enamoramos de los hombres –bromeó –. Pero volviendo al tema del corpiño, es para que no se nos caigan y de paso se tolera más fácil el peso –se tomó sus senos por debajo.

–Entiendo.

Aunque me costara aceptarlo Wendy tenía razón, el tiempo que iba a pasar en el cuerpo de una mujer era un misterio y hasta tanto, debía ajustarme a la nueva realidad.

No avanzamos ni diez metros, cuando vi a Florencia a lo lejos. Al divisarme se acercó con una sonrisa en sus labios. Sentí que el corazón se iba a escapar por la boca.

Maia miaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora