El Walter fue bueno, no como la tía.
Se sentaba en mi cama, escuchaba, hablaba poco.
No se enojaba si yo a veces agarraba la almohada y dormía en el suelo, abajo de la cama, como si las maderas y el colchón fuesen el techo de una casa solo para mi cuerpo.
Estaba ahí, horas conmigo. Esperaba.
Yo escuchaba los ruidos de la casa, crecía. A veces mi hermano me preguntaba por papá. «El viejo», decía él.
Quería saber si había venido, si me lo había vuelto a cruzar.
—No sé nada de papá. ¿Le pregunto a la tierra?
—No —decía el Walter siempre—, te va a hacer mal.
Una tarde esperé a que la tía se fuera a comprar algo para comer y salí.
Lo busqué al Walter en la pieza de al lado. Habían sacado la cama grande.
«Estoy sola —pensé—. ¿Y si el Walter y la tía no vuelven más?». Fui a la cocina y abrí una lata de arvejas.
Me dio pena tirarlas, así que vacié la lata arriba de la mesa. Un líquido baboso fue abriéndose desde el amontonamiento que quedó en el medio.
Me dieron ganas de comer, pero no. Necesitaba la panza vacía.
Fui a buscar un cuchillo y cuando abrí el cajón vi el destapador de mi viejo.
Para preguntarle a la tierra necesitaba algo de él, y mi tía y el Walter habían ido borrándolo de la casa y de mi vida.
Ni la cama habían dejado.
Agarré el destapador del cajón y me quedé mirándolo. Después, contenta como si tuviera un tesoro, me lo guardé en el bolsillo del short.
Salí de la casa, descalza, los pelos sueltos, el destapador en un bolsillo, la lata vacía en una mano y el cuchillo en la otra.
Me senté en el terreno, pasé la mano por la tierra, clavé el cuchillo y lo saqué. Me gustó. Volví a clavarlo, pero esta vez no lo saqué, traté de moverlo,
de ir abriendo la tierra, de aflojarla de a poco.
La tierra es fuerte pero me dejó. Cuando empezó a abrirse, apoyé la mano y la cerré.
Tierra adentro de mi puño. La puse encima del short. Mientras aflojaba la tierra con el cuchillo y la mano, la iba juntando ahí. Después saqué del bolsillo el destapador de mi viejo y lo metí en el agujero.
Lo puse parado, en el medio, y de a puñados fui devolviendo la tierra hasta que quedó bien tapado.
Me limpié las manos en el short y las piernas. Sentada, mi pelo llegaba hasta el piso. Tenía el color de ese suelo en el que vivía. Hubiera querido que saliera aunque fuese algún bicho a estar conmigo, pero no pasó.
Esperé igual, mirándome las manos, las piernas y el cuchillo. Después agarré todo, tierra y destapador, y pensé en la última vez que lo había visto a mi viejo destapando una birra.
Pensar eso me dolió. Con bronca, metí todo junto en la lata. Me paré y fui para adentro. Una parte del jugo de las arvejas se había escurrido al suelo.
Corrí una silla y me senté. Tenía la lata en una mano y la otra con la palma abierta hacia arriba.
Quise vaciar un poco de tierra en la mano abierta pero se me vino todo junto, tierra y destapador.
Una parte de la tierra se escapó al piso. Me llevé lo demás a la boca y comí con todas las ganas que tenía de ver a papá de nuevo. Me llenaba la lengua, cerraba la boca y trataba de tragar. Sentía que la tierra pasaba de ser una cosa en mi mano a ser algo vivo, tierra amiga en mí, y seguía comiendo. Cuando no hubo más, quedó el destapador. Le pasé la lengua hasta dejarlo limpio. Y cuando tuve la panza pesada de tierra, cerré los ojos.
—Papá está vivo —les dije al Walter y a la tía después, cuando los vi parados mirándome.
Pensé que se iban a poner contentos, pero no. No hablaban. Parecía que se habían quedado congelados. Yo salí corriendo y lo abracé al Walter.
—¿Qué carajo hiciste, pendeja? —dijo mi tía agarrándome del brazo para separarme de mi hermano.
—Walter, papá está vivo —le repetí mientras ella me tiraba para atrás. Mi hermano volvió a acercarse y me agarró de la mano.
Me llevó al baño, me lavó las piernas con una esponja, dejó la canilla abierta. Mientras me limpiaba los brazos y las manos, el Walter me hizo prometerle que nunca más iba a comer tierra. Cuando prometí, mi hermano me acarició la cabeza.
No sabía si él estaba más alto o si era que yo así, con su mano encima, me volvía más chica.
—Ahora lavate los dientes —dijo y me dejó sola en el baño.
Yo me miré en el espejo y sonreí: tenía los dientes manchados de barro.
Me acordé de papá fumando sus puchos, del olor y la oscuridad en su boca, y pensé que ellos querían olvidarlo y que por ahí era lo mejor. Volví a abrir la canilla, metí el cepillo abajo del agua, puse un poco de pasta, mojé todo y empecé a cepillarme.
Volví a la cocina y quise hacer el último intento:
—Tu hermano está vivo.
La tía se dio vuelta y me miró furiosa. Sacó del bolsillito del jean el atado de puchos.
—Sucia. Te veo tragando tierra otra vez y te quemo la lengua con el encendedor.
Me asusté tanto que por un tiempo ni pisarla quería, así que trataba de no salir en patas nunca. Si me daban ganas de comer tierra, me mandaba la comida bien caliente, así como la tía la sacaba del fuego. No esperaba. Me llenaba la boca y sentía la piel del paladar hacerse ampollas.
La lengua ardiendo me obligaba a tragar un vaso de agua tras otro. Me llenaba la panza y las ganas de tierra se iban. Al día siguiente, apenas comía, apenas podía hablar. En la escuela, con el tiempo, nos dejaron de joder.
No hubo más tierra adentro de mi mochila ensuciándome los cuadernos acompañada de risas por lo bajo.
Tampoco papeles de alfajores, esos que quería y no podía comprar, rellenos con tierra sobre mi banco. Solo algunas miradas cada tanto, y mucho silencio. Y todo, sin la tierra, anduvo perfecto.
Hasta que la seño Ana no vino más.
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COMETIERRA - Dolores Reyes
De TodoA la memoria de Melina Romero y Araceli Ramos. A las víctimas de femicidio, a sus sobrevivientes. tú que solo palabras dulces tienes para los muertos LEOPOLDO MARÍA PANERO Nadie sabe lo que puede un cuerpo. BARUCH SPINOZA
