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La buscaron, dijeron, por atrás del cañaveral.

Yo no. Yo miraba la esquina del patio de la escuela en donde ella se paraba a ver al Walter y a los otros pibes jugando al fútbol. Ella no quería que ningún pendejo se subiera al árbol que había al fondo porque podía caerse.
Yo esperé. Y cuando la policía dejó de buscarla entre los yuyos y las casitas, al lado del arroyo, la busqué al borde del patio, en la tierra donde paraba sus botas lindas para vernos jugar. Ya no sentía las ganas y no sabía si todavía podía ver, pero pasaba las manos por la tierra pensando en que ella no aparecía.
No quería perderla. Pensaba en la seño Ana viva. En la seño Ana riéndose. Entonces cerré el puño tratando de que algo de ella se viniese adentro de mi mano, de mi boca. Aunque dijeran que el guardapolvo blanco era lindo, para mí siempre fue una mierda. Se ensuciaba. Se me llenó de tierra cerca de los puños.
El cuello y la parte de adelante quedaron un asco.

Volviendo a casa pensé en la tía fumando y en sus encendedores. Cuando llegué, me saqué el guardapolvo, lo hice un bollo y lo escondí entre las plantas.
A la tía le dije que lo había perdido en la escuela, que me lo habían hecho sacar para la clase de gimnasia.

-Mirá, nena, yo me estoy cansando -contestó-. Vine a cuidarlos porque se murió tu vieja, porque mi hermano no está, pero ustedes no me hacen caso.

Siguió haciendo la comida en la cocina y yo ya no sabía si me hablaba a mí o hablaba para escucharse ella sola:

-No me gustan los chicos, no tuve.

Me fui para la mesa esperando que se le pasara y no la escuché más.
Al rato llegó el Walter y se sentó conmigo. El Walter, cuando estaba cansado, se despatarraba con las piernas abiertas.
La tía vino de la cocina con una olla.

-Buscá los platos -le dijo al Walter-. Y vos, tres vasos y tres tenedores.

Cuando estábamos por levantarnos, la tía puso su mano en mi muñeca y dijo:

-Una vez más que no me den bola y se acabó, ¿entendieron?

-La que está sentada dibujando al lado de la ventana, que se pare -dijo el portero al otro día en la escuela.

Lo habían mandado a buscarme. Yo ni le hablé. Sabía que se me iba a armar. Agarré el dibujo con las dos manos y caminé atrás suyo hasta la dirección. Todos me miraban. Mi tía estaba ahí. No tenía idea de nada.
Había ido a reclamar por el guardapolvo perdido.

-¿Qué te pasa? -le dije-. ¿Por qué me mirás así?

Esa fue la última vez que me acuerdo de ella mirándome porque, cuando vieron el dibujo, ella y la directora se olvidaron de mí.
Era la seño Ana, la cara así, como me la acordaba yo, pero no como cuando estaba en la escuela. Yo la había dibujado como la tierra me la mostró: desnuda, con las piernas abiertas y un poco dobladas para los costados, que hacían parecer su cuerpo más chico, como si fuera una ranita.
Y las manos atrás, atadas contra uno de los postes del galpón donde unas letras pintadas decían «Corralón Panda».

-¿En qué mierda pensabas para comer tierra adelante de toda la escuela? -me dijo después mi tía en casa, antes de darme un sopapo.

Cuando al día siguiente encontraron el cuerpo de la seño Ana en el terreno del Corralón Panda, la tía se fue. Ni el Walter ni yo supimos nunca nada más de ella.

COMETIERRA - Dolores ReyesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora