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Nos estábamos yendo. Éramos tres, tres mochilas, tres celulares. Mi mochila y la del Walter, a punto de reventar. La de Miseria más flaca que ella, como si llevara solo un par de calzas. Caminábamos por el costado de la ruta. La oscuridad se rompió por los reflectores de un camión que venía de frente. Después pasó otro y después otro más. Siempre había camiones en la ruta. Las luces eran tan potentes que de a ratos nos dejaban medio ciegos. Le podría haber pedido a Ezequiel que nos llevara a cualquier lado, pero no quise. El día anterior casi le había vomitado el auto. Además, me habría costado el doble arrancar. Seguí caminando, pero apretando mi celu, como si Ezequiel, desde ahora, fuera a quedar guardado ahí. Cruzamos una avenida. Los días de lluvia ese lugar se inundaba que parecía un río. Cuando era chica, nunca quería ir por ahí. Me parecía que las bocas de tormenta podían comerme. Me acordé de eso y me dio risa. La mayoría de las casas estaban oscuras. Los negocios, cerrados para siempre. Un gato se asomó a través de un vidrio roto y nos miró como si todo le importara un carajo. Las luces venían de los camiones y se iban con ellos. Casi no había otras. Pensé en lo que había dicho el Walter: «Cuando salgamos, vamos a tomarnos algo, un bondi, un tren, lo que sea». Pasamos por al lado de una estación de servicio abandonada. Era enorme y no me acordaba si alguna vez la había visto funcionando o si siempre había estado así, tapiada con maderas que no dejaban ver para adentro. Nunca una luz. Las veces que pasaba por ahí, me colgaba a leer lo que iban escribiendo en las maderas. Casi me sabía todas las inscripciones de memoria. El corazón en donde decía: «Yani y Lara 4ever». Abajo: «Lucas se te acaba el juego». En aerosol negro: «Awante los pibes del portón». Más adelante un esténcil que también se leía por todo el barrio: «Melina baila en mi corazón lesbiano». Y atravesado, enorme: «Rescatate wachx: Podestá es tu tierra». Me frené. Di unos pasos hacia atrás para poder ver de más lejos todo junto: «Podestá es tu tierra». Antes de que vendiera la moto, Miseria le había pedido a mi hermano que le enseñara a manejar. El Walter le dijo que no y Miseria le contestó: —No te digo que ahora. Afuera, cuando te comprés otra. «Afuera…», como si nos estuviéramos yendo a China. Miseria y el Walter se habían adelantado casi una cuadra. Sola, parada delante de la estación de servicio, me saqué las zapatillas y apreté los pies contra la tierra. Pisé fuerte mientras leía los grafitti un par de veces más. Tenía que irme. Me agaché y toqué. La tierra estaba fría pero me gustaba: era tierra, ni basura ni polvo. Tierra de acá. Agarré un montoncito, lo apreté en mi mano. ¿Sabría la tierra que ahí había estado yo? Me enderecé y la metí en mi bolsillo. Después me puse de nuevo las zapatillas y me apuré para alcanzar al Walter y a Miseria.

COMETIERRA - Dolores ReyesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora