Hernán llegó cuando todavía me estaba lavando la cara. Yo, que nunca lloraba, volví a meter las manos abajo del agua fría. Los ojos me ardían, las manos me quemaban, pero lo peor era la tierra de Ian adentro de mi cuerpo. Todavía quería hablar. Hernán puso música, Cri cri minal, repetía todo el tiempo la canción, y no sé por qué eso también me dio ganas de llorar. Me sequé con la toalla y me miré en el espejo. Antes no lloraba nunca. Traté de no cerrar los ojos para no ver lo que la tierra todavía quería mostrarme. Las lágrimas me lloraban solas. Pensé en la tipa, en que ojalá no volviera. Me había pedido que viera y después no se lo pudo bancar. Tú me robaste el corazón como un criminal, decía la canción y no quería escucharla. Se me agitaba la tierra en el estómago. Ese hijo mocho clavado en mi panza como se clava un hijo en el centro de su mamá. Tenía que sacármelo. Abrí las canillas al máximo para que el ruido del agua se lo empezara a llevar. Me acerqué al inodoro, me metí los dedos en la garganta hasta que llegó una arcada. Empujé más. Dolía. Vomité. Olvidaba porque podía. Nunca sería una madre. No quería. Volví a las canillas, sin mirarme. Metí bajo el agua primero manos, después brazos, después los saqué y metí la cara, los ojos ardidos, que en el frío del agua pude cerrar. El agua me los curaba. Me calmé. Saqué la cabeza, cerré las canillas, busqué una toalla y despacio, como si acariciara un cuerpo quemado, empecé a secarme. Salí. Con cara de haber visto un fantasma, Hernán me preguntó qué me pasaba. —Nada —le respondí—, dormí como el orto.
Se quedó callado. Aunque seguramente no me había creído, no dijo nada más. Cri cri minal iba terminando y yo pensé que ese día no quería escuchar música. Me daba pena por Hernán, pero no podía. Fui hasta la Play y la apagué. —Si querés, me voy —dijo él con los ojos bien abiertos. No me hice cargo. Busqué en la pila que mi hermano tenía al costado de la Play, elegí un sobre y lo levanté. —Hoy mejor enseñame a jugar a los jueguitos. Cuando en la pantalla apareció Round 1 Fight, empecé. Hernán insistía en que si me reía no podía pelear y yo trataba de no reírme porque quería ganarle. Al principio trataba de apretar todos los botones lo más rápido posible. Pero, en vez de cubrirme, mi personaje saltaba hacia atrás y Hernán se cagaba de la risa. —Fijate en la lista de movimientos —me dijo. Yo no tenía idea. —¿Qué lista de movimientos? —Terminá este round y te muestro. Luchaba contra Shiva. Su cuerpo era oscuro y tenía seis brazos musculosos con los que me podía hacer mierda. Su corpiño, como el de todos los personajes femeninos del Mortal Kombat, hacía que casi se le vieran las tetas. En el juego yo había elegido Sub-Zero, que era un varón. Me gustaba no tener que preocuparme por tener un par de tetas enormes aunque fuese en los videojuegos. Yo soy flaquita. —Pasame —me dijo Hernán después de que yo le ganara a Shiva—. Mirá. Apretó un botón y en la pantalla del televisor aparecieron los movimientos especiales. Adelante - adelante - puño. Adelante - abajo - patada. Combinaciones así. Y abajo de todo, las fatalities. Volví al combate. Me tocó luchar contra Raiden. Alcancé a darle un par de patadas y el tipo enseguida me hizo llover. Intenté los movimientos especiales. Me hacían feliz los cinco segundos que tardaba Sub-Zero en llenar sus manos de hielo antes de tirarle todo el frío al otro y dejarlo congelado. Y aproveché para pegarle de cerca a Raiden y hacer que su cuerpo saliera despedido para estrellarse contra el suelo. Raiden se levantó para contraatacar y yo apreté start. —Si lo estás frenando todo el tiempo, no vale —me dijo Hernán y yo le recordé que fue él quien me había insistido con que aprendiera a usar la lista de movimientos. —Pero yo todavía no le saqué la onda ni a la mitad —le respondí, mientras volvía a apretar start y el juego se frenaba. —Qué tramposa, nenita —dijo él y nos reímos. —Esta es la última, ya estoy —prometí, aunque fuese mentira. —Ya veo —dijo Hernán y se rio—. Tenés tantas ganas de ganar, que no aprendés a jugar. Me hice la enojada por no decirle que tenía razón. Pero seguí en la lista de movimientos. Practiqué uno con el joystick y me pareció que me salía. Ya estaba lista y apreté start. Me acerqué a Raiden y volví a intentar el combo y ahora sí funcionó. La golpiza le comió un montón de energía y en la pantalla apareció finish him! Raiden se tambaleaba en el medio de la escena y pude terminar de matarlo. Cuando mamá murió hubo un tiempo en que pensaba que la tía y el Walter también podían morirse. La tía tanto no me importaba, pero pensar en mi hermano muerto me hacía mierda. Me encerraba durante horas a llorar. Después empecé a pensar que yo también podía morirme y trataba de ver cómo sería, pero no podía. Como no podía imaginarme a mí misma muriendo, me imaginaba a una perra que arrastraba una de sus patas. Un tumor en la columna la iba enfermando, y yo trataba de ver al animal marchando con su pata caída por la ruta, por el barrio, por la puerta de mi casa, de ver esa pata que se le lastimaba cada vez más contra el suelo. El tumor crecía como le crecen las tetas a las pibas. La perra, cada vez más flaca, ya ni siquiera tenía ganas de comer ni de moverse. Yo me la imaginaba agonizando apoyada en la reja de nuestro terreno y en su carne me veía morir. Raiden estaba muerto y yo saltando como loca. Hernán también. Nos abrazamos. Cuando estaba a punto de darme un beso en la boca, entró el Walter.
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COMETIERRA - Dolores Reyes
CasualeA la memoria de Melina Romero y Araceli Ramos. A las víctimas de femicidio, a sus sobrevivientes. tú que solo palabras dulces tienes para los muertos LEOPOLDO MARÍA PANERO Nadie sabe lo que puede un cuerpo. BARUCH SPINOZA
