Capítulo 4: Allana.

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—¡Allana! —jadeó al verme

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—¡Allana! —jadeó al verme.

¿Esperaban que ella me abrazara y me besara el rostro?

No, eso nunca iba a pasar. Es más, comenzó a mirar hacia todos lados y luego a mí de forma desconfiada, como si yo fuera a saltar en cualquier momento sobre ella y la apuñalara con un cuchillo.

Como lo hice con él.

Ella obviamente no entendía, a pesar de conocer toda la historia, o mejor dicho, no quería entender.

Y el hecho de saber que ella me tenía miedo me hacía sentir jodidamente bien, así que una sonrisa maliciosa comenzó a formarse en mi rostro y no podía dejar de pensar en las ganas que tenía de dejarle caer mi puño en su maldito rostro.

Lo habría hecho, si no se pareciera tanto a mi madre.

Aunque, ella es la versión barata.

—Vengo a buscar lo que me pertenece —digo.

—Aquí nada te pertenece —respondió mirándome con desden.

Porque así era ella, siempre mirandome en menos por tener razgos asiáticos, siempre decía que mi madre había sido la puta de un japonés que era casado. Pero, yo sabía que ella lo había amado y que a pesar de todo el tiempo que pasó, nunca dejó de amarlo.

Sabía que él era casado, o al menos, iba a casarce, pero siempre me dijo que se habían enamorado. Le pregunté por qué no se habían quedado juntos. Y con lágrimas en los ojos dijo que su familia no la aceptaba por ser americana, que él solo tenía que casarce con una mujer de su mismo país.

Mi mamá había arrancado de ese lugar que tan feliz la había hecho, porque tenía miedo de lo que podían hacerle. Al parecer era una familia que no se dedicaba a mierdas legales, pero mi mamá siempre decía que el corazón no elegía a quien pertenecerle.

—Por supuesto que sí, ella me lo dijo —digo sintiendo como la furia comienza a recorrer mis venas.

Ella levantó la barbilla en ese acto de maldita perra que siempre hacía, creyendose mejor que otros cuando no era más que un pedazo de mierda, pero yo ya no soy esa Allana de hace tres años, y si ella quiere ser una perra, yo lo seré el doble.

No me voy a doblegar ante nadie nunca más.

—No soy aquella chica, tía —dije la última palabra con asco—. Así que, no me provoques porque te vas a arrepentir, me importa una mierda quien seas y voy a desaparecer de tu penosa vida cuando me entregues lo que es mío.

Ella se me quedó mirando sorprendida por mis palabras, que no habían sido gritos, pero que fueron lo suficientemente amenazantes. Había tenido que aprender, si tenía que aguantar que Bea me hiciera eso, no iba a dejar que otras perras también quisieran meterse conmigo.

Una era suficiente.

Y aquí, aquí afuera, no hay esas putas reglas para seguir.

—Él va a saber que estás afuera.

Perversas Obsesiones.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora