Klaus.
Vivi años con un odio dentro de mí que podría haberme destruido por completo si le hubiera dado ese poder. Yo era una máquina de matar, lo sabía, había guardado mis emociones bajo llave y nunca nadie podría verlas realmente.
Excepto ella, con...
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Cuando llegamos a la habitación, sentí que el camino se me había hecho demasiado largo, cuando probablemente fueron solo unos segundos, como máximo un minuto. Ya que ambos parecíamos desesperados por llegar. No estoy enojada con Klaus porque recién estoy comenzando con él, sé de su lealtad y que les debe la vida.
Pero ahora es mío, y su lealtad jodidamente va a estar conmigo.
Apenas entramos en la habitación, Klaus me atrapó contra la pared y sus labios estaban contra los míos de forma furiosa y necesitada. Pero yo también lo necesitaba, aún podía sentir un poco de adrenalina de mi cuerpo y que Klaus me cogiera de forma dura.
—Ah —gimo cuando él hace tira el vestido y mis tetas quedan a su entera disposición, su lengua juega con mi pezón mientras su otra mano aprieta con fuerza mi trasero.
—Me reduciste, Allana —gruñe contra mis tetas dándome un azote en el culo—. Y voy a castigarte tan mal que no te quedaran ganas de hacerlo otra vez. Porque te agarraré, te levantaré el vestido y mientras tienes el culo al ire, te follaré con fuerza.
El tono de su voz es posesivo. Me encanta.
—Quizás lo vuelva a hacer —digo apenas.
Klaus me da una mirada que hace que mis piernas tiemblen, me mira desde abajo y lleva uno de sus dedos a mi vagina pasándola por toda la extensión. Cuando lo saca, está completamente mojado de mis jugos. Se lo mete a la boca y lo chupa. Echo la cabeza hacia atrás ante la imagen presente ante mí.
—Una pierna en mi hombro —ordena.
Lo hago y rápidamente siento su lengua jugueteando con mi adolorido clítoris con una maestría impresionante. Me dan ganas de matar a todas las mujeres que hubieran tenido el placer de sentir este maravilloso placer.
—Oh, Klaus. Quiero matar a cualquier mujer que haya sentido tu lengua así.
—Solo te lo he hecho a ti —dice y lo miro sin creerle.
—Imposible.
—¿Por qué? —pregunta mientras mete dos dedos dentro de mí.
—Nadie mueve así la lengua sin práctica —Cierro los ojos.
—Quizás solo sea un don.
Me rio, pero rápidamente se convierte en un gemido cuando Klaus vuelve al ataque. Él chupa como si fuera su última comida y mi cuerpo se estremece cuando el orgasmo me golpea con fuerza y me agarro de su cabeza con fuerza para que no se aparte. Pero él no se detiene hasta que las últimas oleadas de mi orgasmo terminan.
—Dios, me encanta —jadeo con una sonrisa en mi rostro.
—De rodillas —me ordena Klaus.
Su voz suena autoritaria y yo caigo de rodillas al piso, de todos modos mis piernas no me habrían sostenido mucho tiempo más. Klaus se toma su tiempo llevando sus manos al pantalón. Me quedo ahí mirándolo hacia arriba con las manos detrás de la espalda, y él me mira con los ojos brillosos.