Klaus.
Vivi años con un odio dentro de mí que podría haberme destruido por completo si le hubiera dado ese poder. Yo era una máquina de matar, lo sabía, había guardado mis emociones bajo llave y nunca nadie podría verlas realmente.
Excepto ella, con...
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Los paquetes que había encargado estaban en la sala de estar. Me los acababan de traer y estaba ansiosa por abrirlos. Siempre amé comprar ropa y luego de pasar tanto tiempo en la cárcel sin poder hacerlo, ni poder vestirme como quería, ahora mismo me sentía como una niña en navidad.
Tenía que cambiar mi estrategia con Klaus. Anoche había soñado con él, más bien, había sido un maldito sueño erótico que me hizo despertar mojada y excitada. Obvio que me toqué, y cuando llegué al orgasmo, gemí su nombre. Ese hombre me estaba trastornando.
Nunca había sentido este tipo de obsesión por un hombre, porque además, nunca me habían rechazado, pero quería sentir sus grandes manos en mi piel, y ver qué tan oscuros se volvían sus ojos cuándo estaba excitado. Quería saber el tamaño de su pene y si es que me iba a dejar tan adolorida que me acordaría de él cada vez que caminara.
Sí. Definitivamente estaba enloqueciendo.
Y por un hombre, lo que era aun peor.
Abrí la primera caja en la que venían algunos tops y faldas. En la otra caja venían pantalones y chaquetas. Tuve que hacer una pequeña inversión en ropa porque iba a mostrarle con mi cuerpo lo que se estaba perdiendo.
En la última caja venían zapatos para los outfit que había elegido. Tenía treinta minutos antes de que él pasara a recojerme. Así que, me puse manos a la obra. Elegí un pantalón negro de cintura alta que marcaba a la perfección mi culo, un top negro y una chaqueta de cuero que quedaba justo sobre mi trasero.
Me calcé unos botines y me maquille solo un poco. El delineado que acentuaba mis ojos rasgados, un poco de iluminador y un labial de color rojo oscuro. Sonreí al mirarme al espejo. Me veía exquisita y seguro que Klaus no iba a poder resistirse de observarme.
—¡Ay, mi querido ruso! —susurro con una media sonrisa—. Voy a dejar que me hagas lo que quieras.
El intercomunicador suena avisándome que él ya estaba abajo. Me echo un poco del perfume que compré y bajo a la recepción. Apenas Klaus me vio, recorrió mi cuerpo con su mirada azul y cuando me acerqué, pude vislumbrar como sus pupilas se habían dilatado.
Me mordí el labio inferior de la forma en que sabía que volvía loco a los hombres, esa clase de acción que provocaba miles de pensamientos sucios en su mente. Quería que se imaginara mis labios rojos alrededor de su pene mientras le succiono hasta el alma.
Sus ojos van hacia mis labios y luego frunce el ceño.
Mi objetivo se cumplió.
Está molesto porque sintió deseo por mí, por alguien a quien él considera su enemiga.
—Hola —digo.
—Vamos.
Se da vuelta y camina hacia la camioneta. Su culo se ve demasiado apetecible en esos pantalones y su espalda tensa provoca que sus músculos se marquen en esa camisa que usa. Quiero dejar la marca de mis uñas en toda su espalda.