Durante el camino de regreso a casa me mantuve callada.
No quería hablar con nadie. Solo deseaba fundirme en mis pensamientos y ordenar mi cabeza después de todo lo que esa noche me había deparado.
Ahora no era libre, sino que estaba unida a un demonio que, aunque no lo conocía, sabía que me iba a hacer pasar los peores meses de mi existencia.
Un demonio de la lujuria.
Y me tocaba a mí. A una mujer, que jamás había sido acariciada por un hombre. Una inexperta y miedosa en temas del amor carnal, y todo, por cumplir uno de los requisitos de ser una elegida, llegar al ritual pura y virgen.
No sabía cómo iba a salir de esa.
Todo él, desprendía una atracción sexual aterradora que hacía que me sintiera demasiado insignificante en esos asuntos y por lo poco que había podido escuchar sobre él, su poder más fuerte era el del sexo.
No me quedaba otra que afrontar lo que estaba por venir.
Estaba convencidísima de que no iba a cambiar mi manera de ser y no iba a forzar nada.
Dejaría que el tiempo pasara y ya se vería lo que entre nosotros dos surgía.
Pero también sabía que me iba a hacer mucho daño, pues el ser que tenía caminando delante de mí, era el tipo de hombre que deseaba física e imaginariamente.
Ahora ya no me sentía tan preparada para afrontar las palabras que había dictado en el ritual, ahora estaba de bajón.
Quedaba poco menos de media hora para llegar al pazo y delante de mí, se encontraba dirigiendo aquella hielera de brujos, los tres demonios miembros de nuestro clan. A mi lado, caminaban Iris y Meredith, dejándome a mí en el centro sin haberme molestado en todo el trayecto.
Pero entonces, mis nervios acumulados me jugaron una mala pasada. Por mi rostro encapuchado, rodaron dos enormes lagrimones que llevaba reteniendo desde el inicio de la noche.
En ese momento, Meredith e Iris, sin mirarme, agarraron mis manos cada una rozando mis hombros y me transmitieron su apoyo.
Les apreté fuerte las manos y respiré hondo.
—Estamos contigo pequeña —me dijo por primera vez Iris con cariño.
—Siempre te protegeremos —contestó ahora Meredith.
No me salían las palabras, si hablaba, los demonios me escucharían y sabrían que lloraba. Estaba sumamente agradecida por el apoyo que mis antepasadas me estaban brindando. Y la magia de ellas recorría por mi cuerpo intentando transmitirme tranquilidad.
—Puedes con esto y mucho más, estoy convencida.
Miré a Iris tras esas palabras y me mordí el labio a la vez que cerraba los ojos a modo de asentimiento.
—Siéntete afortunada por haber sido elegida, pero también déjame decirte que estés alerta —siguió diciéndome Iris—. Jamás habíamos visto salir del infierno a un demonio de tan alto rango.
Resoplé.
Suspiré.
Y volví a dejar caer las lágrimas que me cegaban.
—Aún no he podido hablar con Eros sobre él, pero ha de ser muy poderoso y algo especial ha debido de ver en ti mi niña —me dijo Meredith agarrando fuerte mi mano.
Tragué saliva y les contesté en un susurro para que nadie y solo ellas me escucharan.
—La mala suerte me acompaña, no creo que pueda conseguir que ese ser se fije en mí en ninguno de los sentidos.
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La Meiga Número 5
FantasyLa sociedad las creía extinguidas, pero las meigas siempre han estado presentes en Galicia. El aquelarre Zafiro, asentado desde hace milenios en el bosque da Fervenza, es un clan de hechiceros con una larga tradición y dinastía familiar, que esperan...