ERICK
Di al menos cuatro pasos apresurados antes de que dos corpulentos hombres me detuvieran y me hicieran postrar en el suelo. Aun cuando quería quitarle aquellos grilletes que la sujetaban, liberarla del sufrimiento por el que estaba pasando, ahí nadie estaría dispuesto a ayudarme. Héctor y Cristina, quienes también quisieron intervenir, fueron al instante detenidos, pero con un trato más hostil.
Seguí luchando, ya no por soltarla, sino para estar a su lado. Forcejé por unos segundos, parando solo en el momento en que su cuerpo cayó rendido ante el dolor.
–¡Johana! –clamé, tan pronto vi su total estado de inconsciencia.
Enmudecí mi grito al ver como su figura empezó a alzarse con parsimonia en el aire. Se elevó hasta que las cortas cadenas, los brazos y las piernas se le tensaron; dejando su espalda arqueada.
–Hijo, ella estará bien –me dijo Aysel.
–¡Suéltenlo! –les ordenó Románov–. También quiero que traigan a los otros dos jóvenes ante mí.
Me levanté apenas quedé libre y caminé con lentitud hasta la mesa de piedra. Miré a las otras seis familias, de alguna manera quería que, con algún gesto, ellos me aseguraran que el acercarme a Johana seria seguro para ambos, algo que el patriarca ruso me aseguró asintiendo.
Cuando quedé a centímetros de ella, un vapor casi incoloro empezó a emanar de su espalda, <<de las zonas donde yacían sus cicatrices, para ser exacto>>. De aquella cálida neblina provenía un olor desagradable y similar al del amoniaco. La tolerable peste o el hecho de estar suspendida no lo era todo, pues las marcas en su piel estaban enrojecidas como si las mismas hubiesen sido hechas recién.
Cuando Cristina y Héctor fueron llevados ante Románov, los tres se acercaron a mí. Héctor, con la boca entreabierta sacudió su mano por sobre el cuerpo de mi hermana.
–¿Qué está pasando? –inquirió, tragando algo de saliva, repitiendo su actuar, hasta mostrar un semblante algo más convencido de lo que veía, pero no por ello menos sorprendido, quizá incluso aterrado al ver qué nada la estaba sujetando.
–¿Qué le están haciendo? –agregó Cristin.
Johana se encontraba a la altura de mi cuello. Caminé hasta tener su rostro de perfil y ver como su largo cabello colgaba en el vacío. Un grito estruendoso le pasó de la garganta a la boca, uno de tortura y agonía, no de miedo, sino de dolor; luego de eso comenzó a toser y, lo que por un instante creí que era saliva escupida en cada contracción, realmente se trataba de sangre. Sangró, primero de la boca, luego de la nariz; pero cuanta más expulsaba, ésta se iba tornando en un tono más oscuro y negro como la brea.
–¡Señorita –le gritó el ruso a Cristina–, tome la mano de su amiga! ¡Y Usted, joven –agregó, con la vista puesta en Héctor –, tome la otra!
Ambos me miraron y yo solo bajé la vista en una muestra de sumisa rendición, por lo que ellos terminaron obedeciéndolo.
Románov me hizo a un lado y, en un acto apresurado, colocó y extendió sus palmas sobre la frente de Johana. Casi en silencio, dijo un montón de palabras inentendibles por lo bajo del volumen y por estar en alguna clase de idioma antiguo; <<de verdad parecía querer no solo ayudarla, sino también estar preocupado, tal y como yo lo estaba>>. No solo era su semblante lo que terminaba por delatarlo, también lo era el ver sus brazos temblar por primera vez desde que se presentó ante nosotros.
– ¡Erick, extiende la mano! –me gritó, apenas el fluido negro se detuvo.
Tan pronto lo hice, una de las niñas lo sostuvo dándome un tirón. La otra gemela, se acercó con la daga y me hizo un profundo corte horizontal. La chiquilla que me detenía, llevó mi extremidad herida hasta la boca de Johana. Ahí, y sin que mi piel tocara sus labios, me presionó para que las gotas cayeran en su lengua.

ESTÁS LEYENDO
Virtanen: Sangre de Serpiente
HorrorPara cumplir una última voluntad testamentaria, un grupo de amigos se deciden a viajar a un rustico pueblo ubicado en el Norte de Finlandia. Además de enfrentar el frio del lugar, deberán afrontar que son presos de una oscura historia familiar y enc...