Capitulo 51: Decisiones

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HÉCTOR

–¡Anda, dame la mano!

Pese a la aparatosa caída de Zebb, la finlandesa extendió su brazo, moviéndolo de un lado a otro para buscarme. La tomé de la muñeca y tiré de ella con fuerza, haciendo que su cuerpo golpeara al mío.

–Debéis dejarme o no llegareis a tiempo –refunfuñó sin detenerse.

Desde que dejamos atrás la cabaña habían pasado dos minutos; aún quedaban cinco antes de que la última bengala se terminara. La manada de bestias que seguía nuestro paso tan de cerca, parecía haberse duplicado en el breve lapso en el que estuvimos resguardados.

Ya quedaban cuatro minutos y medio.

–¡Suéltame, joder o moriréis! ¡No salvareis a nadie si seguís con esta locura! –insistió entre sacudones.

Erick volteó a verme, negó con la cabeza; haciéndome saber que él tampoco estaba dispuesto a dejarla. Cuando volvió la vista al frente, empezó a toser manchándose el mentón con una saliva rojiza y, en un instante casi sincrónico, Johana lo siguió.

Miré el teléfono; el geo localizador de Rebecca los señalaba ya internados en el bosque, pero no lo suficiente para que llegaran a tiempo.

El pecho me ardía, más por la presión ejercida con la soga que por el cansancio. Los músculos de mis piernas los sentía más acalambrados que los de mis brazos. Los tres estábamos sudando, con la respiración tan agitada para crear, una tras otra, diminutas nubes de vaho.

Me detuve con abrupto, haciendo que Zebb se impactara de nuevo contra mí. La solté y ella se apartó. Erick paró también, lanzándome una mirada confundida.

–No vamos a dejarla –exclamó tajante.

–No lo haremos –. <<Tres minutos...>>, me dije mientras me ponía de rodillas –. Zebb, cuélgate en mi espalda –le ordené.

–No mames, wey, no podrás con todas.

–Deja a Inessa en el tronco, necesitaré tu ayuda –contesté –. ¡Deprisa! –vociferé, casi tan fuerte como el gruñido de un valkoiset.

Los dos, como si los trajese de vuelta a la realidad, acataron con apuro mis órdenes.

Cuando quise levantarme, el peso de la finlandesa me lo impidió. La fuerza que aún me quedaba en los muslos y pantorrillas, ya no era suficiente ni siquiera para cargar a una chica tan delgada.

–Andando cabrón –dijo Erick, inclinándose a un lado, enlazando su brazo a mi torso.

Cuando él se levantó, pude de nuevo incorporarme gracias a su ayuda. Inhalé todo el gélido aire que pude, tomé la soga por debajo de los brazos de Zebb y juntos, Erick y yo, volvimos a tirar.

Tres minutos, <<suponiendo que la duración fuese la misma a las otras dos>>.

De copa en copa los valkoiset se fueron desplazando, saltando o desvaneciéndose. Abajo era diferente, pues caminaban sin prisa ya que un solo paso suyo eran varios de los nuestros. Aunque la pestilencia seguía siendo la misma, acostumbrar mi estómago fue lo más sencillo, pues lo verdaderamente difícil era dejar de verlos.

Tenía que mirarlos si quería mantenerme estable, sin flaquear ante el cansancio. Era la adrenalina lo que me mantenía, pero ésta no servía para mitigar el dolor de mi acalambrado cuerpo.

<<Un minuto >>, o eso decía el cronómetro mi reloj.

–No lo lograremos –dije entre jadeos –. Toma esto –añadí, dándole la cajetilla con las sales de amoniaco a Erick –. Despierta a Johana, la anestesia ya debe estársele pasando.

Virtanen: Sangre de SerpienteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora