Sus palabras golpearon tan fuerte que la poderosísima alfa, la futura líder de la manada tuvo que salir de la habitación para no desmoronarse frente a su mate, pensaba que por fin había logrado algo y ahora todo parecía una mentira.
— No escapes Lang.
— Ahora no, no es momento Morgan.
— Que no te quiero, no te voy a querer, no hay otro momento. — Su voz temblaba, Dios, estaba tan nerviosa, no quería lastimar a Lang, la quería, no de esa manera ¿No de esa manera? No, no, en definitiva no de esa manera, pero Lang era tan linda algunas veces... que no, carajo, no.
Un rechazo directo, electrocardiograma plano, acababa de matar al pobre corazón de Lang y si seguía así también rompería el lazo que la propia Diosa Luna les había otorgado sin que Morgan fuera consciente de ello.
— Morgan, por favor. —Estaba tan lastimada, aturdida, que no podía notar la voz de Morgan, ni siquiera sabía a bien donde estaba, que sucedía, solo dolor.
— Lang, no seré...
La ex-humana cortó su frase a la mitad (Vaya suerte porque si la hubiera completado habría terminado de romper por completo el corazón de la alfa) porque escuchó un fuerte estruendo no muy lejos de ahí, solo unos segundos después las puertas de la casa se abrieron de par en par azotándose en las paredes con la fuerza de un disparo.
— ¡Traigan a todos los niños! — Ordenó un beta que de por sí ya tenía consigo a algunos pequeños, todos llorando, asustados y buscando refugio de lo que sucedía fuera.
Lang no tuvo tiempo para seguir pensando en su dolor, en ese mismo instante supo que tenía que actuar, esa era la mayor característica del alfa de la manada, estaba dispuesta a dar su vida por el bien de los demás. Salió corriendo a velocidad inhumana de su casa en dirección del sonido, esquivando uno que otro pequeño que corría a la casa para buscar refugio.
Los pequeños trillizos no tardaron en entrar, despavoridos y con lágrimas en los ojos. Tan asustados que Elliot había cambiado de forma sin darse cuenta.
— Niños. —Gritó Morgan abrazándolos a los tres, sentía que debía protegerlos. — ¿Qué sucede?
— Algo explotó. — Lloriqueó Leia. —Estábamos en la escuela y, y, vimos humo en un casa y explotó.
La pequeña se aferró con fuerza a Morgan, no la conocía realmente, habían compartido un par de momentos y nada más pero su olor era diferente, la nueva esencia que desprendía era dulce, y muy suave, es que solo le daba ganas de quedarse ahí descansando hasta que dejada de llorar.
— Están seguros aquí, nada les va a suceder, yo los cuido.
Morgan se abrió paso hasta su habitación, quería hablar con su madre, tranquilizarla pero ni siquiera ella estaba tranquila con todo ese desastre. Su prioridad era dejar a los pequeños con alguien en quien confiara y poder salir y averiguar que estaba sucediendo.
— ¿Estás bien? ¿Qué sucede?
— Mamá, quédate aquí, cuídalos. — Dijo entregando a los trillizos a la mujer. — No los dejes salir de aquí hasta que regrese. — Suplicó con la esperanza que al ver lo desesperada que estaba su madre no pronunciara palabra.
— ¿Dónde está Morgan? — Gritó Dana, la habían obligado a volver para proteger a esa humana, castigo divino.
El resto de los betas que custodiaban el lugar señalaron el cuarto inmediatamente, tenían órdenes directas de atender a Dana, ella se encargaría de la seguridad de su casa porque la alfa confiaba con su vida en su amiga.
— Dana, estás aquí. — Gritó la omega que genuinamente se sintió aliviada al ver la cara de alguien familiar. — ¿Qué está pasando?
— ¿No es obvio? — Se burló. — Nos atacan, tonta.
Una segunda explosión hizo vibrar los cristales de la casa y una vez más descontroló los gritos de los niños, ahora corrían más aterrados que nunca. Morgan estaba aturdida, muchos sonidos, demasiados pero al menos comenzaba a controlarlo un poco, lo suficiente para salir de la casa y ver el humo que cubría el cielo.
— ¡Entra a la casa! ¡Humana idiota, te van a matar ahí fuera! — Pero la omega se negó, sabía que debía hacer algo, tenía que luchar por toda la gente que estaba el peligro, no los podía dejar a la suerte.
— ¿Qué es ahí? — Dijo señalando el lugar de la última explosión. —Los niños dijeron que la primera fue en una casa ¿Dónde fue esta?
Dana se planteó no responder, no tenía por qué obedecer a una humana, ella era quien mandaba en ese momento hasta que el miedo de recordar a Lang sobre ella, amenazándola de muerte si volvía a tratar mal a su mate le recorrió hasta el último vello del cuerpo.
— Es una casa de armas, quien nos esté atacando sabe dónde atinar para lastimarnos.
— Morgaaannn. — Gritó un pequeño justo antes de saltar a los brazos de la susodicha. — Leia no deja de llorar.
— Elliot ¿¡Qué haces aquí afuera niño!? — Gritó Dana, era su hermano, obviamente quería mantenerlo a salvo a toda costa.
— Morgan nos va a cuidar, lo prometió. — Aseguró el pequeño, que a pesar de estar tan asustado como para no poder dejar de temblar y llorar se había arriesgado a salir de la seguridad de su casa, de escurrirse entre toda la gente que le impedía salir y buscar a la persona con quien más seguro se sentía.
La humana tenía corazón.
— Estarán bien mientras se mantengan dentro. — Tranquilizó Morgan con un gran instinto de protección que le nació del fondo del alma. —Corre con mi madre y con tus hermanos, si están ustedes tres juntos serán muy fuertes.
— Debes entrar tú también, loca. — Reclamó.
— Yo saldré a ayudar.
— No tienes idea de cómo pelear y ni siquiera te sabes transformar para al menos defenderte un poco, deja de decir estupideces, solo saldrás a empeorar las cosas.
Y como por supuesto se trataba de una orden directa de Dana, Morgan salió corriendo directo al peligro.
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Poco Convencional
Science Fiction¿Quién ha de creer que los mundos de fantasía existen? Claro que Morgan no lo creía, ni cualquier persona normal hasta que una chica torpe llegó como estampida a su vida diciéndole "Te amo" " Estamos hechas la una para la otra" Y aunque eso no era...
