El universo a veces concede segundas oportunidades; para iniciar desde cero, cambiar viejas actitudes, formar una nueva vida, una familia; solucionar errores del pasado o simplemente volver a enamorarse.
Una pacto entre amigos, un matrimonio arregla...
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El parqueo subterráneo se extendía amplio y casi en silencio, con filas de vehículos dormidos bajo la luz blanca y cruda de las lámparas fluorescentes, que dibujaban sombras largas entre líneas amarillas y números pintados en el concreto. No había nadie a la vista, aunque más adelante algunos autos permanecían encendidos o con luces interiores activas, probablemente aguardando a jugadores rezagados o a personal del estadio. El Jaguar de Levi estaba en una zona reservada, algo apartada, pero no lo suficiente como para pasar desapercibidos si algún guardia o curioso cruzaba por ahí.
Levi avanzó con paso rápido hacia el auto, completamente alerta y con el cuerpo tenso. Agradeció en silencio haber traído ese y no su habitual McLaren: menos llamativo, más discreto y silencioso. Ideal para salir ahí rápido y sin curiosos ocasionales que pudieran rodearlos buscando una foto con el ostentoso vehículo.
Dio un par de pasos más y entonces se dio cuenta de que Mikasa no lo seguía al mismo ritmo.
—Vamos —le urgió en voz baja, girándose apenas.
Ella avanzaba despacio, cuidando cada apoyo. Los tacones le castigaban los pies y el dolor le subía por las piernas con cada paso.
—Voy —dijo, intentando sonar convincente—. Creo que podría ir más rápido si me quito estas cosas, —añadió, mientras se agachaba para acomodar sus zapatos.
Levi la observó un segundo, dudó... y regresó sobre su camino.
—No vas a caminar descalza aquí —le dijo. —Y menos subirás a mi auto luego de caminar descalza aquí.
Con cuidado evidente, le pasó un brazo por la espalda y le ofreció apoyo, manteniendo una distancia que pretendía ser prudente, pero su esfuerzo, lamentablemente para él, no obtuvo el resultado esperado. El movimiento hizo que su mano rozara, sin querer, la piel de su cintura apenas descubierta gracias al vaivén de andar un poco encorvada para apoyarse en él, e irónicamente, por la tela de poliéster del jersey, demasiado ligera y suelta para amoldarse por completo a su figura.
Fue apenas un contacto fugaz, pero suficiente para recordar la tensión que ambos llevaban encima, y que se había hecho presente demasiadas veces en muy poco tiempo.
A Mikasa se le tensó el aliento. Una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo, directa, peligrosa, como si hubiese dado un paso más hacia esa peligrosa línea; una que, una vez cruzada, no tendría vuelta atrás.
Él, aunque aparentemente estoico y centrado en dar los últimos pasos, tampoco era ajeno a esta latente incomodidad. Fingiendo serenidad, se aclaró la garganta y ajustó el agarre con torpeza controlada. Aunque poco ayudaba sentir cada exhalación de ella rozándole el cuello, sumada a la sensación de sus uñas aferradas con fuerza a la tela de la camisa de su uniforme, que encendían cada fibra de su ser y le tiraban del cuerpo de una forma que no tenía tiempo —ni permiso— de procesar.
—Ya casi —murmuró, más para sí mismo que para ella.
Fue así, entre roces e incómodos silencios, que llegaron al auto. Levi abrió la puerta del copiloto y la ayudó a acomodarse, con una atención casi excesiva, como si se tratara de algo que no debía romperse, o —bajo su criterio—, siquiera tocarse. Con rapidez, ajustó el asiento, se aseguró de que ella estuviera bien y luego se apartó de inmediato, dando la vuelta al vehículo.