03 Una sombra

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Dissolved Girl - Massive Attack

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Dissolved Girl - Massive Attack

KEILAM

El sonido estridente de la alarma me arranca del sueño y, después de unos segundos inmóviles, suspiro con resignación y extiendo el brazo entre las sábanas en busca del botón de apagado. Mi mente se despierta gradualmente, luchando contra las brumas del sueño mientras que tanteo el suelo con los pies.

Hago lo mínimo necesario para estar presentable. Me enjuago el rostro, me cambio y salgo con unos jeans cómodos y una camiseta que olvidé planchar.

Lo primero que noto al entrar a la cocina es el olor a café recién hecho. No entiendo cómo lo logra Vesna, pero su café tiene la dualidad de ser tan fuerte que podría revivir a un muerto y, al mismo tiempo, tan aguado que uno duda si usó café de verdad. Encuentro mi taza entre la maraña de trastos que pueblan la encimera y vierto el líquido oscuro en su interior.

Vuelvo a deambular por la sala. Vesna está sentada en el sofá, abrochándose los tacones.

—Ayer compré una mesita nueva. ¿La viste? —dice, invitándome a que viera la pequeña mesa ratona frente a ella. Su pintura turquesa está desgastada y parece sacado de un basurero; pero de todas formas, Vesna se resigna a aceptar que eso no es exactamente "vintage"—. Me hicieron promo por comprarla con una maceta.

—¿Y la maceta?

—Se me cayó.

Si bien nuestros muebles son una mezcla de donaciones de sus tías y hallazgos en mercados de segunda mano, esto es un insulto. Su familia es heredera de una gran fortuna, por lo que nunca entenderé esa necesidad suya de vivir miserablemente.

Mi mamá siempre dice que hay ricos que, de puro aburrimiento, deciden vivir incómodos por mero hobby. Y tiene razón. Basta mirar con atención para darse cuenta de que la mayoría de los hippies son hijos de papá jugando a la austeridad. Qué bueno que Vesna ya pasó por esa etapa.

Suspiro, le doy un trago al café y me balanceo sobre mis pies. Estoy hecha un zombi.

Vesna me mira por encima del borde de su taza, con los ojos entornados y ese brillo evaluador que detesto.

—Estás bien —dice despacio—. ¿Es por algo en especial?

—¿Qué estoy qué?

Se levanta del sofá y alza su bolso para colgárselo del hombro.

—Que estás bien de la mierda, Kei —justo cuando pensaba que me lo decía en serio, suelta una risa y sacude la cabeza mientras me rodea—. Me voy a clases.

—¡Púdrete! —le grito, viéndola por encima del hombro antes de que salga del departamento.

Suspiro con desdén y me percato de la presencia de Martin Luther King, quien se acicala al otro lado de la sala.

Las manos de ModricHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora