29 Un Modric de linaje intacto

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House of the Rising Sun - Lauren O'Conell

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House of the Rising Sun - Lauren O'Conell

DUBRAVKO

He dedicado algunas horas a revisar los documentos que obtuve del psiquiátrico y, a la luz de lo que contienen, la impaciencia de mi Confessor adquiere pleno sentido en lo que respecta a mi cercanía con Keilam.

Sus antecedentes resultan extraordinariamente adecuados para aquello que perseguimos, hasta el punto de volver evidente que su preparación como nuevo miembro no es una posibilidad lejana, sino una realidad inminente. Y en consecuencia, en cuanto me haga con su sigilo, podré desligarme de Keilam, habiendo completado ya mi función de conducirla hacia nuestra élite.

Volteo un poco el rostro y el reflejo del espejo delata los moretones del día anterior, aún visibles en mi boca y pómulo. Tomo un frasco de colonia y dejo caer un par de atomizaciones detrás de las orejas y en las muñecas, impregnándome de esa mezcla envolvente de bergamota, cardamomo y el fondo cálido y profundo de la madera de sándalo.

No puedo evitar considerar que, si alguien llegara a enterarse de que he intimado con un candidato a Ourotharim, la reprimenda sería hipócritamente severa, incluso por parte de quienes no dudarían en ceder ante esa misma tentación de privilegio y deleite. Ahora bien, si mi Confessor estuviera equivocado y no se tratara más que de un prospecto, entonces me bastaría con adoptar una distancia prudente y decir, sin demasiado esfuerzo, que siempre supe que nada de esto podía trascender a algo tan grande.

De pronto, alguien llama a la puerta del baño.

—Pasa —digo, sin voltearme.

La puerta se entreabre y el eco de unos tacones irrumpe sobre las baldosas, marcando un ritmo lento al aproximarse. Se trata de mi tía materna, Ankica, aunque insiste —siempre— en que la llame simplemente Anka.

Rara vez dejo de percibir su presencia mucho antes de que se manifieste, y no haberlo hecho ahora solo evidencia mi distracción. Necesito estar más alerta.

Es alta, casi equivalente a la mía, y, como de costumbre, está envuelta en un abrigo de piel blanca de zorro que acentúa su porte. Su cabello castaño oscuro cae liso sobre los hombros, bien dispuesto. Y su perfume, floral con un fondo especiado, se mezcla con el mío en el aire y deja una sensación tan densa como difícil de tolerar.

—Te percibo distinto —dice Anka, forzando una pequeña sonrisa—. Finalmente, eres un hombre.

Se detiene a mi lado, tan cerca que el eco de sus tacones apenas se extingue cuando se planta frente al espejo. Sus ojos recorren mi rostro con lentitud, evaluando cada uno de mis rasgos, como si analizara cuánto he cambiado desde la última vez que me vio en el funeral de mi tío. Me crió durante la infancia y la pubertad, y ahora apenas coincidimos en la víspera de Navidad.

Las manos de ModricHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora