Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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Beware the devil - Laura Jadi
MODRIC
Ayer por la tarde, después de la última clase, Keilam irrumpió en mi oficina empuñando una copia de mi llave. Estaba detenida en el umbral, sin entrar ni cerrar la puerta, y ese descuido aparente me resultó profundamente desconcertante.
Se la veía pálida, con los labios amoratados, como si hubiera pasado demasiado tiempo a la intemperie, y esa imagen bastó para encender en mí todas las alarmas con la sospecha inmediata de que algo muy malo estaba por suceder. Si es que ya no había ocurrido. Cuando le sostuve la mirada advertí que sus ojos se habían oscurecido bajo una sombra de miedo, que contrastaba brutalmente con el coqueteo despreocupado que me había ofrecido apenas una hora antes.
Estuve a punto de ponerme de pie cuando la oí tartamudear con una alteración que no se parecía en nada a sus crisis habituales. De ese modo, supe que no era una exageración mía ni uno de esos impulsos a los que ya me tenía acostumbrado. Porque solo algo verdaderamente grave podía explicar que estuviera tan peligrosamente fuera de sí.
Copiar mis llaves era un acto serio, aunque me avergonzara admitir que yo mismo se las habría confiado sin dudar, incluso sabiendo lo riesgoso que es para mi posición como profesor.
Intenté averiguar cómo había conseguido entrar y en qué momento obtuvo una copia de mi llave, pero ella respondió del único modo que parecía posible, con un silencio que se prolongó más de lo tolerable. El corazón me dio un vuelco al comprender que no iba a obtener de ella nada más que tartamudeos inconexos que no lograba descifrar en lo más mínimo.
Creí estar preparado para sus mecanismos habituales frente a una crisis, pero una posibilidad más grave me asaltó de golpe.
¿Y si se abría las venas allí mismo? ¿Y si la violencia no era hacia ella sino hacia mí? El solo hecho de planteármelo con seriedad me hizo sentir mezquino y alarmista. No quería cargarla con sospechas que nacían más de mi temor que de sus actos, pero mi preocupación por ella era demasiado grande como para no dejarme llevar hacia toda clase de hipótesis.
Keilam está medicada. Ella, bajo mi lógica, no podía ser capaz de algo así... ¿o sí? Pues todo estaba bien, ¿no?
Llegué a pensar que se trataba de una broma, una de las suyas, pero el remate de su risa se estaba tardando.
Me levanté entonces del escritorio y avancé hacia ella, impulsado más por la inquietud que por una idea clara de lo que debía hacer a continuación. Estuve a punto de rozarle la mejilla, solo para comprobar qué le ocurría, pero dio un paso atrás y me sostuvo la mirada con un enojo tan febril que por un instante creí que iba a golpearme. No obstante, en lugar de atacarme, retrocedió un paso, azotó la puerta con violencia y desapareció en el pasillo antes de que pudiera alcanzarla.
Ahora duerme en mi cama, y aun así el sueño me resulta esquivo.
Tengo a Keilam a mi lado, y aunque duerme, su cuerpo no descansa. La observo estremecerse, atrapada en pesadillas que, a mi pesar, me resultan inaccesibles de apaciguar. Sin embargo, sé que no debo despertarla, porque cada vez que lo hago, aunque sea por querer cuidarla de sus propios fantasmas, ya no logra volver a dormirse en todo el día. Así que permanezco atento a cada uno de sus movimientos, preparado para intervenir si los gritos o el sufrimiento empiezan a desbordar lo que puedo tolerar mirando desde afuera, y sacarla de ese lugar antes de que se haga más daño.
En estos momentos al caer la noche, me dedico a pensar más de lo acostumbrado a mis insomnios. No dejo de preguntarme por qué querría la llave de mi oficina. Ha esquivado esa conversación con una obstinación que atribuyo, en parte, a su desconfianza hacia mí, algo comprensible dadas las circunstancias, pero que aun así no es suficiente para resolver mis dudas.
Me giro en la cama para observarla dormir, con la boca entreabierta y un hilo de baba que termina por empapar la almohada.
No quiero volver a encerrarla en un psiquiátrico.
Ya he estado considerando la posibilidad de cuidarla yo mismo, con la ayuda adecuada, sin volver a someterla a ese encierro. Porque cuando la miro así, rendida al sueño, no logro concebir otra cosa la idea de que nadie capaz de asesinarme ronca de ese modo, duerme tan profundamente ni se hurga la nariz para luego dejar el recuerdo bajo una mesa.
Mis razones para creer que no será una asesina rozan lo absurdo, incluso lo estúpido, y eso me avergüenza más de lo que quisiera admitir. Sé reconocer a alguien capaz de matar a sangre fría, lo he hecho antes, y aun así no puedo evitar pensar que incluso ellos siguen siendo cuerpos comunes, vulnerables a cosas tan triviales como sacarse los mocos o sufrir una diarrea. Detalles ridículos, casi grotescos, que no encajan con la imagen tan sublimada del villano.
Le aparto con cuidado algunos mechones de su cabello largo y fino, llevándolos detrás de su oreja para evitar que siga masticándolos mientras murmura en sueños.
Keilam podría convertirse en una asesina serial, aunque no por voluntad propia. Para que ese tránsito ocurriera, sería necesaria mi intervención directa, el cultivo deliberado de aquello que ya sembré el día en que le entregué un martillo y un hombre al que matar.
Desde una lógica fría y utilitaria, ese costado suyo sería conveniente y valioso para la élite. Sin embargo, en nuestra intimidad no me ofrecería nada más que terror. Bastaría verla alzar un cuchillo de cocina para comprender que hay puertas que no conviene abrir.
Supongo que ya es tarde para arrepentirme, dado que esa semilla bien podría germinar con la lluvia misma y alzarse, insaciable, como un árbol desmesurado e indómito.
Permanezco inmóvil hasta que sus ronquidos regresan, confirmándome que duerme profundamente. Solo entonces me incorporo, con la cautela de un ladrón, y abandono la habitación en dirección a la cocina.
Reúno cuchillos, trinchetas y cualquier otro objeto punzante que encontré en el piso, y los guardo en el mismo cajón donde escondo la tijera con la que se arrancó el cabello, esa que, ahora lo pienso, quizá debí haber arrojado a la basura hace tiempo.
Sea cual sea la criatura que Keilam elija encarnar, sé que he puesto mis manos en su molde, y cuando llegue el momento, no huiré de la responsabilidad que eso implica.
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