Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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Psychotic Girl - The Black Keys
KEILAM
Recupero la conciencia y me descubro tendida en el pasillo, aferrada por unos brazos firmes que me sacuden con desesperación, dudando todavía de que siga con vida. Apenas consigo abrir los ojos y la cabeza se me va hacia atrás, incapaz de sostenerse sin que me suban unas náuseas horribles.
Cuando logro enfocar la visión, veo a Dubravko de bruces frente a mí, reducido a una silueta demasiado cercana y mal definida. Sin las gafas, su rostro se me vuelve impreciso, aunque aun así distingo el terror en su expresión. Intenta sostenerme la cabeza y mueve los labios, insistiendo en decir algo que no alcanzo a oír.
Lo único que siento en el cuerpo, además de su agarre, es el metal frío de su rifle hincándoseme en la pantorrilla.
¿Va a dispararme, verdad?
Intento formular la pregunta, pero no sé si mi voz llega a salir o si él simplemente no puede oírme. Entonces, de pronto, me alza y me aprieta contra su pecho en un abrazo torpe e infantil, cargándome como a un bebé y meciéndome con suavidad, mientras su respiración agitada me golpea la mejilla.
Lo quiero mucho.
Y es una verdadera lástima que así sea.
Con esfuerzo logro sacar una mano de entre mi cuerpo y su pecho y me la llevo hasta el mentón, donde encuentro un rastro de sangre a punto de secarse, aunque extrañamente no siento ningún sabor metálico en la boca. Aturdida por la escena, dejo que mi mirada vague a mi alrededor hasta distinguir, al fondo del pasillo, la silueta de Valdren, casi oculto detrás de una columna.
De pronto, la tos húmeda de Dubravko estalla junto a mi oído, seguida de una respiración tan fuerte que mi audición regresa de golpe, con una agudeza tal que me obliga a apartarme de él para no ensordecerme con sus quejidos. Al empujarlo, me suelta sin querer y caigo al suelo, golpeándome de lleno. Me levanto a medias, quejándome entre dientes y llevándome una mano al culo. Él intenta ayudarme, pero en el movimiento patea el rifle, que se desliza por el piso y se golpea contra un mueble.
Los dos bajamos la vista al arma casi al mismo tiempo y, luego, volvemos a mirarnos a los ojos.
—Pensé que dormías profundamente. Estabas exhausta después de...
—¿Ibas a volarme los sesos con un rifle, Dubravko? —lo interrumpo, dando un paso hacia el arma—. ¿Entraste a la habitación pensando en matarme mientras dormía?
Su frente se arruga y el ceño le cae de inmediato, componiendo una confusión que no termino de creerle.
—¿De qué hablas, Keilam?
Doy otro paso y apoyo el pie desnudo sobre la empuñadura del rifle, dado que no confío lo suficiente en mis manos, todavía temblorosas, como para levantarlo. El pecho de Modric deja de agitarse con tanta violencia y la vena de su cuello se le marca antes de seguir hablando.