Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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MODRIC
Las miradas no tardan en llegar. Es lo habitual. No me molesta, pero las noto.
Al cerrar la puerta tras de mí, el murmullo en la panadería disminuye apenas un instante. Me reconocen. Un par de estudiantes sentados junto a la ventana se inclinan para susurrar entre ellos; una mujer de mediana edad que hojea una revista me mira de reojo por encima del papel; un hombre con un café en la mano me observa con curiosidad, pero aparta la vista en cuanto paso junto a él.
Sus reacciones no son exageradas, solo dejan ver la incomodidad natural de ver a alguien fuera de su contexto habitual. Nunca hago las compras, así que hasta para mí resulta extraño.
Avanzo hasta el mostrador.
Keilam está detrás de la caja, inclinada sobre un papel, escribiendo algo con un bolígrafo. Está demasiado concentrada en lo que hace. Apenas y levanta la vista cuando nota mi presencia, y en el momento en que lo hace, su rostro cambia. No parece muy contenta.
—Buenas tardes, Bowers.
Ella endereza la espalda y echa un vistazo a la cocina. No sé a quién busca, pero en cuanto lo hace, su postura cambia. Se esfuerza en sonreír.
—Bienvenido. ¿Qué va a pedir? —la forma en que refuerza el trato formal, me deja claro que su jefa está en la cocina.
Suelto un leve suspiro y recorro la vitrina de exhibición con los ojos. Hay varias opciones, pero voy a por lo seguro:
—Dos kremšnita.
Crema, vainilla y hojaldre.
Keilam asiente y anota el pedido. Entonces levanto la mirada hacia ella.
—¿Qué es lo mejor que venden aquí? ¿Cuál es tu favorito?
Ella frunce ligeramente el ceño, pero no dice nada de inmediato. Sus ojos me analizan un segundo, como si intentara descifrar qué pretendo con la pregunta.
—Depende de lo que busques.
—No busco nada. Quiero saber qué te gusta.
Su ceja se arquea apenas.
—Strukli dulce —responde con simpleza.
—Tres de esos también.
Solo apunta el pedido y se gira para buscar los postres. Mientras lo hace, la observo. Su uniforme es el mismo que vi aquella noche, en septiembre, la primera vez que la encontré aquí. Camisa blanca de mangas cortas y mandil beige. Sin embargo, hay detalles distintos: su postura es menos despreocupada y su rostro más afilado.
Coloca los postres en una bolsa de papel y la deja frente a mí.
—Son cuarenta y cinco kunas.
Saco la billetera sin apuro, pero cuando extiendo el dinero, no se lo entrego de inmediato.