55 Me perteneces, polilla

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like you're god - Mehro

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like you're god - Mehro

KEILAM

El diablo, como solía advertirme mi hermana, no se reduce a la forma de una bestia capaz de aterrorizar al más valiente. También se presenta como un hombre hermoso que viste de traje, y, cuya sonrisa, destila una vasta gentileza en la que ningún ser debería confiar.

Esa belleza inexplicablemente humana está ahora frente a mí, sentada en uno de los bancos del parque principal de Duskbridge. El mismo lugar donde conocí a Dubravko Modric por primera vez, entre tantas otras ocasiones en las que volví a conocerlo bajo distintas versiones de nosotros mismos. Aquella primera vez sigue siendo, sin duda, una de mis preferidas.

Él me extiende la mano y vacilo antes de tomarla, aprovechando ese instante para buscar la presencia de Ophelia a mi espalda. No distingo su sombra por ningún lado y, por primera vez, comprendo lo inquietante que es estar sola, verdaderamente sola, en un lugar cuya naturaleza aún no sé si pertenece a lo real o a lo ficticio.

—¿Por qué eligió este lugar? —pregunto sin detenerme a evaluar si la pregunta es pertinente, dado que no logro sacudirme la impresión de estar tratando con algo peligrosamente conocido—. ¿Qué tiene de especial?

Retira la mano que me ofrecía y la alza hacia su cabello, peinando con cuidado los mechones largos que le caen sobre el pecho. No parece ofendido por mi curiosidad; al contrario, parece aliviado de que no haya decidido gritar durante varios minutos seguidos.

—Este lugar te es familiar. Lo reconozco en los recuerdos que compartes con tu sacerdote —me explica, deteniéndose apenas en uno de sus mechones negros, que se lleva al mentón antes de dejarlo deslizar otra vez entre sus dedos—. Tu mente, como la de cualquier otro, se repliega hacia aquello que le resulta familiar. Asimismo, no sería prudente irrumpir en la intimidad de tu hogar, por lo que he decidido conocerte en un espacio que ambos podamos reconocer como neutral.

Habla en un idioma que me resulta íntimamente comprensible.

No es en absoluto un croata plagado de giros ajenos a mi léxico, ni tampoco una lengua arcaica o muerta, sino un inglés pulido, semejante al que podría emplear cualquier humano culto habituado a leer a grandes autores y a pensarse a sí mismo con cierta severidad. Me distraigo en esta observación, lo sé, pero no puedo evitarlo. De él había esperado precisamente una lengua extinta e inaccesible. Y, sin embargo, elige hablarme desde un lugar que entiendo muy bien.

Me aproximo al foco de luz que lo contiene, incapaz de disimular la atracción que ejerce la obsidiana de sus ojos, a los que deseo mirar más de cerca. Doy otro paso, y entonces intuyo, por la forma en que me observa, que nada en mí le es desconocido.

—Me ves como necesitas verme, porque no soy otro que tu propia extensión, llevada a su última y perfeccionada forma. ¿Y sabes qué soy para ti, en consecuencia? Tu Dios. —Sonríe, dejándome ver la línea afilada de sus dientes superiores—. Todo mundo se basta con dioses pequeños, nacidos de su enorme orgullo. Tú, polilla, estás exenta de esa carga, de modo que recurrirás a mi palabra hasta agotar el resto de tus días.

Las manos de ModricHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora