Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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Everybody Wants To Rule The World - Lord
KEILAM
Me quito las botas y las dejo a un costado del recibidor, junto a los tacones rosas de mamá.
—Tu papá estuvo toda la mañana aspirando tu habitación —dice mamá, mientras me ayuda a quitarme el abrigo. Después de que me hago a un lado, lo cuelga en una percha para que la nieve se derrita y gotee en el trapo—. ¿Trajiste bastante ropa?
—No mucha, no quería pagar el exceso de equipaje.
Papá empuja mi maleta —se le zafó una ruedita en la cinta transportadora del aeropuerto— por el pasillo, y camino detrás de él hasta llegar a la sala. No ha cambiado mucho, sigue siendo igual de vacía y blancuzca que un hospital. Antes, las paredes eran de color beige y el sofá anaranjado, ahora es solo blanco con blanco no tan blanco.
La verdad es que extraño mucho cuando el interior de nuestra casa parecía tener vida, no pacientes terminales.
—Se te quedó ese acentito raro de la gente de allá —comenta papá, tomándose un momento para descansar. A pesar de su delgadez y debilidad, insistió en llevar mi maleta, rechazando mi ayuda—. Es chistoso.
Mezo la cabeza y termino dándole la razón.
—No tengo mucha gente con la que hablar en inglés. Y a Vess no le gusta mantener conversaciones muy largas en un idioma que no sea el suyo.
—¿Y cómo está ella? —Sonríe, volviendo a cargar la maleta entre sus brazos—. ¿Ya arreglaron el motor de su coche?
—El lunes lo llevó al taller, hoy no tuve tiempo de preguntarle nada.
Mamá deja su bufanda en el reposabrazos del sofá individual, frente a la chimenea apagada. Luego, se alisa el cabello con una mano y se vuelve hacia nosotros, clavando sus ojos arrugados en mis pantalones.
—Intenta no dormir hasta tarde, mañana temprano nos iremos de compras. Hay que comprarte algo lindo para la cena de acción de gracias. Vienen tus abuelos y la tía Esther.
Me inclino ligeramente hacia adelante, expectante, y asiento con la cabeza. Sin embargo, mamá se muerde la lengua, evitando cualquier comentario mordaz sobre mi vestimenta, probablemente porque no quiere reavivar la discusión que estuvo a punto de estropear la Navidad del año pasado. A veces creo que nos comportamos con decencia solo cuando papá está con nosotras, es como si estuviéramos cuidando la inocencia de un niño.
—Sí, no te preocupes —le respondo, subiendo las escaleras junto a papá.
Al llegar al segundo piso, abro la puerta de mi habitación para que él deje la maleta sobre la cama. Ahora que lo noto, las sábanas siguen siendo las mismas que dejé puestas durante mi visita en las vacaciones de verano. Mamá siempre se olvida de cambiarlas.