Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
KEILAM
No hice más que dormir.
Me metí en la cama de Modric en cuanto llegamos, sin decir una palabra y evitando mirarlo a la cara. Me moría del frío.
No llegué a compartirle mis preocupaciones sobre todo lo que vi esa madrugada, y ni por asomo consideré contarle lo del extraño suceso de la voz en mi cabeza. No la del ciervo. La otra, esa que me dio fuerzas para no derrumbarme. Sé que no se debe a algo sobrenatural, porque me ocurría desde mucho antes de conocer a Modric. Tengo recuerdos de haberme levantado una vez para ir al baño —ni siquiera prendí la luz— y volví a acostarme, durmiéndome casi al instante. Ahora llevo más de dos horas viendo cómo el sol se esconde. La habitación entera se fue cubriendo de esa penumbra aterradora que deja el atardecer cuando no hay luces encendidas, y no he hecho nada más que mirar.
Faltan veintiún días para mi iniciación, pero a estas alturas ya no se siente como un evento sagrado. Ahora es como actuar una obra frente a quienes todavía creen que todo esto gira en torno a jerarquías y consagraciones. Yo no necesito nada de todo eso. Sé que ya estoy dentro. Me miran distinto, actúan distinto, y no por lo que podrían o no saber, sino por lo que intuyen de mí. Ayer también aprendí algo mucho más importante que todas esas ambigüedades que Modric me metió en la cabeza: lo que vale en ese lugar no es la obediencia, es el instinto, y el mío ya demostró ser útil. Si no tuviera valor, ya me habrían rebanado el cuello como a un jodido cerdo.
Me levanto sin demasiadas ganas. Camino al baño arrastrando los pies, con la boca seca y el cuerpo más pesado de lo normal. Me siento en el inodoro, hago pis y después me acerco al lavamanos.
Levanto la vista y noto que ya no tengo la base puesta. El maquillaje de la noche anterior desapareció casi por completo y solamente me quedaron manchas en las comisuras de la boca y en los párpados, pero todo lo demás... No hay nada que tape mi piel real. Mi delineado está corrido hasta mis pómulos, parece que lloré aunque no lo recuerdo.
Me acerco más.
Nunca salgo sin base. Jamás. Uso una de dos tonos más claros para no verme tan... morena. Recuerdo que a mi hermana no le hacía falta. Ella tenía ese color de piel porcelana sin necesidad de usar una gota de corrector. Joder. No necesitaba nada: se ponía un poco de rubor y ya, mientras que yo parecía una maldita geisha con resaca.
Tengo los labios pálidos y las mejillas sin color. Tengo que adulterar hasta mi sonrojo para sentirme menos.
Meto la cabeza bajo el grifo, abro el agua fría y me enjuago la cara varias veces. Me tallo las mejillas con las palmas abiertas, en círculos, apretando más fuerte con cada pasada. El agua resbala por mi cuello y me empapa la camiseta. Sigo. Froto. Froto. Froto. Froto. Froto hasta que siento la piel caliente y rugosa. Tomo la toalla del costado y me seco con fuerza. Cuando me miro de nuevo, tengo la cara enrojecida, los ojos hundidos y las cejas sin forma. Me pellizco las mejillas varias veces, buscando ese rojo artificial que nunca se me impregna por más de un minuto.