Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Breakin' Dishes - Rihanna
DUBRAVKO
Superviso a mis estudiantes mientras trabajan en sus esculturas y, a causa del ruido constante de los martillos que me taladra la cabeza desde ayer, me presiono la sien con un bolígrafo.
Estoy corrigiendo un boceto cuando Bowers se levanta con brusquedad de su banco y abandona el salón de clases con los hombros tensos y la cabeza gacha. Su desplazamiento tiene una rigidez impropia de quien solo necesita tomar aire y, aunque me inquieta el rumbo que decide seguir, opto por no intervenir y regreso al papel que sostengo entre las manos.
Varios minutos después regresa al aula y, sin proponerlo, mis ojos descienden hasta sus manos y se detienen en los nudillos enrojecidos e hinchados, como si hubiera golpeado algo sólido.
Frunzo el ceño.
Su rostro no refleja nada en particular y no hay rastro de dolor, ni el más leve indicio de incomodidad, solo una ausencia de expresión que me lleva a considerar la posibilidad de que sus manos ya estuvieran así antes de salir de aquí.
Antes de que alcance a consultar la hora en mi reloj, el timbre anuncia el final de la clase y los estudiantes comienzan a recoger sus herramientas, desencadenando una sucesión de golpes y fricciones que intensifican las pulsaciones en mi cabeza ya resentida. En ese estado solo pienso en encender un cigarrillo apenas salga de aquí.
Cuando el interés por mi escritorio es nulo, saco de mi bolsillo un pañuelo de cashmere y me "limpio" la nariz sin apartar la vista de Keilam, que ya guarda sus cosas en la mochila con una premura que no me pasa inadvertida.
—Bowers, acérquese un momento —digo, utilizando un tono de autoridad que ella parece detestar.
Ella se frena entre los cuerpos que se precipitan hacia la salida con premura y, entre esa sucesión de cabezas que se superponen, distingo la mirada que me dirige. Hay en ella un matiz despectivo, una impaciencia que sugiere que no dispone de tiempo para mí y, aun así, se abre paso y se aproxima, obligada por esa pequeña pizca de respeto que todavía parece conservar.
—¿Sí?
Doblo el pañuelo, apenas manchado por un rastro de sangre nasal, y lo guardo en mi abrigo antes de cruzar los brazos y examinarla con atención.
—¿Ya terminó su escultura? Sigo esperando el boceto —le pregunto, aunque sé la respuesta—. Es el último que me falta por calificar. Y sinceramente, es una falta de respeto que siga jugando con el plazo extra que le di. No estoy aquí para esperar eternamente.
Advierto la contracción apenas perceptible de su mandíbula y cómo sus ojos rasgados se reducen a una línea aún más fina.
—Estoy en ello. Pero no todos tenemos el lujo de vivir para el arte. Trabajo de doble turno cuatro veces a la semana y hago lo que puedo con el tiempo que me sobra.