Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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MODRIC
El salón está en silencio cuando cruzo las puertas.
La luz de las lámparas de araña cae sobre la mesa de mármol negro, alargada y pulida, mientras las sombras de los candelabros estiran las figuras de los líderes sentados. El aire huele a cera derretida y a nuestros inciensos de patchouli y canela.
Sobre la mesa, nos esperan copas con licor de mora negra. Tenemos un brindis antes del juicio.
Me deslizo hasta mi asiento de cuero oscuro.
Conozco a cada ser en esta sala: abogados, políticos, empresarios, médicos. Veo rostros inmutables que han decidido el destino de ciudades enteras sin levantar la voz. Las conversaciones entre ellos fluyen mediante murmullos. Ninguno es amigo del otro, pero comparten algo más fuerte que la camaradería: unpropósito. Me recuesto en el respaldo. He estado en este lugar demasiadas veces como para sentir nerviosismo, aunque esta vez es distinto.
—In nomine Æternæ Operæ, initium accipimus. Nihil moritur, omnia transeunt 1) —anuncio, dando por comenzada la reunión del consejo.
—Ruiven Azevedo no asistió a la exposición de nuestra primera luna llena del año —dice uno de los miembros, colocando su copa sobre la mesa—. Esperábamos que diera señales de interés y no las hubo.
—Su ausencia es decepcionante —dice Luka Krstič, nuestro quaestor obscuri 2) principal. Un hombre de sesenta años con el cabello peinado hacia atrás y la mandíbula cuadrada—. Su familia siempre ha estado cerca de nuestra esfera. Así que se los reitero: necesitamos asegurarnos de que no esté desviándose.
—Tal vez cree que aún tiene elección —comenta alguien con una sonrisa jocosa.
Hay una breve risa apagada en la sala.
Mi dedo traza el borde de la copa. Yo dejé la invitación en el bolso de Ruiven, pero él no acudió. Por lo visto se mantuvo al margen.
—Aún hay tiempo —murmura el iudex lucis3).
—No hay paciencia para los indecisos en este lugar —responde la praefecta novitiarum4).
—Lo necesitaremos. Su familia tiene los recursos y su sangre es valiosa. Demasiado como para desperdiciarla —añade un tercer líder, quien se encarga del archivarius veritatis 5).
Ruiven Azevedo es inteligente, demasiado como para rechazar algo sin antes entenderlo. No es de los que se quedan al margen sin un motivo. Podría haber venido solo por curiosidad, pero no lo hizo. Ignoró la invitación. No dejó rastros de interés, ni siquiera el atisbo de una duda. Eso es lo que lo hace inusual. Alguien más habría intentado negociar su entrada, pedir tiempo y tantear el terreno antes de tomar una decisión. Ruiven, en cambio, simplemente no apareció.