18 Me preocupa confiar en ti

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House of Balloons - The Weeknd

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House of Balloons - The Weeknd

KEILAM

Tengo un carácter espantoso, lo sé. Resulta difícil de soportar, casi imposible de querer y, con el paso de los años, me he dado cuenta de que no me interesa en absoluto suavizarlo.

No se trata únicamente de que reaccione mal o de que pierda la paciencia con facilidad, sino que necesito que todo estímulo sea desmesurado, constante y llevado al límite. De no ser así, lo único que queda en mí es una depresión completamente absorbente y progresiva, una apatía que me arrastra hacia el fondo, hacia la zona más oscura de mi propio ser, con una violencia más devastadora que cualquier exceso.

Cuando era adolescente, intenté encontrarlo cortándome el interior de los muslos. Más tarde, ya adulta y recién llegada de Croacia, intenté alcanzarlo probando drogas duras durante un breve periodo que no superó el mes.

Lo que a otros los deja satisfechos, a mí me da igual. Por eso, cuando era más joven, descubrí que autoinfligirme daño no bastaba —me resultaba demasiado insípido y doloroso para continuar—, así que empecé a meterme en problemas mucho más graves.

Incendié una papelera y atranqué la puerta del baño de chicas con varias alumnas dentro. Me hacían la vida imposible, así que no vi por qué tendría que facilitarles la salida. También le estrellé la cabeza contra el pavimento a mi mejor amiga después de que me llamara "puta" por haber dado mi primera mamada. ¿Qué esperaba, que me disculpara por no ser una mojigata? ¿Por haberlo disfrutado? ¿Por usar la boca para algo que no fuera tragarme su moral de mierda?

En otra ocasión, amenacé de muerte a mi psiquiatra por contarles a mis padres cosas que le confié bajo secreto. Dominique sostenía que mi conducta era explosiva. Yo sostengo que quebró el único pacto que teníamos. Me cobró con traición el error de haber hablado de más y yo respondí del único modo que supe: rayé con una llave el coche nuevo que su marido acababa de regalarle.

Durante años he acumulado etiquetas clínicas cuidadosamente redactadas que prometían corregir lo incorregible y que, sin embargo, no hicieron más que certificar lo incómoda que resulto para los demás. Ninguno consiguió moldearme según el parámetro esperado, y con el tiempo comprendí que ese era, en el fondo, el verdadero fracaso que intentaban enmendar.

Colaboré lo suficiente como para que no pudieran acusarme de resistirme a los cambios, aunque jamás acepté del todo la premisa de que yo fuera la causa original de cuanto problema me sucedía. Más bien entendía cada episodio como una consecuencia lógica de fuerzas que me antecedían.

Después de intentar todo tipo de psicoterapia sin que nada produjera el efecto esperado, comenzaron a medicarme con la idea de que así dormiría más, pensaría menos y hablaría lo justo —esto último lo agrego yo, porque, en efecto, había perdido incluso el apetito de hablar—. Sé que la intención no era silenciarme, sino "curarme" y reintegrarme de manera eficiente a la sociedad. No obstante, si el propósito terminó siendo fabricar una versión más mansa, más torpe y drogada de mí, entonces el procedimiento funcionó.

Las manos de ModricHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora