Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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KEILAM
El sonido rasposo de la lija y el golpeteo constante de las herramientas sobre la mesa de trabajo me tiene harta. Exhalo despacio y entrecierro los ojos, tratando de enfocarme en mi escultura. La pieza de yeso frente a mí aún no tiene alguna forma definida, solo es un bloque áspero con algunas marcas iniciales. Tanteo entre mis materiales, buscando a ciegas en mi bolsa hasta que el vacío en mis dedos me confirma lo que ya sospechaba desde el momento en el que salí de casa:
No traje el cincel.
Aprieto los labios, reprimiendo el impulso de soltar un insulto en voz baja. Miro alrededor. La profesora está al fondo, revisando con calma el progreso de un alumno. A mi derecha, un par de compañeros están demasiado inmersos en sus proyectos como para interrumpirlos. A mi izquierda...
Dana.
Mierda.
Está a dos mesas de distancia, con la cabeza inclinada sobre su trabajo. Sostiene el cincel con firmeza, raspando la piedra en un ritmo constante. No se molesta en apartarse los mechones de cabello que le caen sobre la cara.
Miro la bolsa con herramientas que tiene a un costado. Podría levantarme y buscar otra opción, revisar entre los materiales del aula o preguntar a la profesora, pero Dana está ahí. Justo ahí. Y es la opción más rápida. Entonces decido acercarme. Ella no levanta la vista cuando me detengo junto a su mesa. Sigue raspando la piedra, sin siquiera hacer un amague de reconocer mi presencia. Su indiferencia no es hostil, pero tampoco parece forzada. Simplemente, es lo que es: indiferencia.
—Dana.
Su nombre se siente extraño en mi boca después de algunas semanas sin decirlo. Ella ralentiza apenas su movimiento, pero no se detiene.
—¿Qué?
—¿Tienes un cincel de media caña extra? Olvidé el mío —susurro.
Esta vez se detiene lo justo como para que sepa que me oyó.
Levanta la cabeza y me mira. Sus ojos oscuros se posan sobre los míos con una expresión neutra, sin ninguna intención evidente. No dice nada. Solo me mira un par de segundos más de lo necesario, luego se inclina hacia su bolsa, revuelve entre sus herramientas y saca un cincel. Lo sostiene entre los dedos por un momento y sin apurarse lo extiende hacia mí.
Lo tomo de un manotazo.
—Gracias.
Asiente con un leve movimiento de cabeza y vuelve a su escultura como si yo ya no estuviera aquí. Pero lo estoy. ESTOY AQUÍ.
No hay resentimiento en su mirada, ni siquiera molestia, lo que de alguna manera lo hace peor. Si me ignorara con furia, me reprochara con la mirada o si al menos hiciera algún comentario venenoso, sería más fácil de manejar. Sin embargo, sigue trabajando con la misma calma insoportable, ignorando por completo que estoy a medio metro de ella. Me irrita.