Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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New Person, Same Old Mistakes - Tame Impala
KEILAM
Una punzada de dolor se instala en la base de mi cuello, irradiándose hasta la sien como una aguja caliente perforándome el cráneo.
Abro los ojos con esfuerzo.
La luz de la mañana se cuela a través de las cortinas y el resplandor pálido hace que la sala parezca aún más desordenada de lo que recordaba. Mi portátil está abierto, con el cursor parpadeando sobre la pantalla en negro, y cuando intento incorporarme para cerrarlo me enredo con la manta con la que me acurruqué anoche y casi tiro la taza, ya vacía, sobre la horrible mesa ratona de Vesna.
No dormí bien. Eso está claro.
Luego de cerrar la tapa del portátil y ponerme de pie, camino perezosamente hacia el baño, arrastrando los pies sobre el suelo frío. Primero, me siento a orinar mientras reviso el teléfono, comprobando si ha llegado algún mensaje del anónimo o si alguien se ha dignado a responder la pregunta que dejé en el foro, que por lo visto, ha pasado desapercibida. Después de refrescarme en el lavabo abro el botiquín y saco tres frascos.
Coloco sobre mi lengua tres pastillas —un estabilizador, un antipsicótico y la sertralina que barre mi mierda al fondo— y las trago con un sorbo de agua directo de la canilla. Se supone que no debería mezclar la quetiapina con la sertralina, porque una me tumba de sueño y la otra me empuja a activarme durante el día, pero a veces se me olvida tomar la quetiapina por la noche y entonces termino tomándola igual al despertar
El sonido de una puerta abriéndose en la habitación conjunta me toma desprevenida y casi me atraganto con las pastillas. Creía que estaba sola en casa.
Me giro y encuentro a Vesna apoyada en el marco de la puerta del baño, con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho. Lleva una camiseta enorme de Madonna y unos pantalones de pijama con dibujos de estrellas. Esa expresión me deja claro que está a punto de quejarse porque, otra vez, estaba meando con la puerta abierta.
Sus ojos recorren la escena con rapidez, deteniéndose en el portátil y en la taza de café sin apoyavasos. Luego, cuando vuelve a mirarme, suelta un suspiro largo y deja caer los brazos a los costados.
—¿Qué hiciste ahora?
—¿Qué te hace pensar que hice algo? —respondo con la voz todavía ronca.
—Porque te conozco. —Se aleja y toma la taza de café abandonada en la mesa ratona—. Y porque esta casa huele a... Insomnio. —Voltea apenas el torso hacia mi dirección y arruga el puente de su nariz—. Y también creo que te hace falta una ducha.
Salgo del baño y cruzo la sala hasta el pequeño comedor que se integra al ambiente principal, siendo este un espacio apenas delimitado por la mesa cuadrada que mira de frente a la cocina abierta. Desde ahí se alcanza a ver la mesada extendiéndose contra la pared, los muebles superiores demasiado bajos y la hornalla alineada bajo la ventana angosta que da a un patio interno. Tomo asiento y dejo caer la cabeza contra la superficie de la mesa, sintiendo la vibración leve de la madera sobre mi frente.