Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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I Will Overcome - RAYE
KEILAM
Necesito conseguir algunas piezas de vidrio y no encuentro nada que pueda romper aparte del espejo del baño.
Intento mirar mi espalda una vez más en busca del sigilo, antes de que el espejo termine por volverse completamente inservible, pero el intento resulta inútil. Aunque bajo mis dedos percibo las irregularidades de las cicatrices aún recientes, en el reflejo no aparece absolutamente nada.
Así que, cuando finalmente desisto de encontrar algo, y al no haber veleros sin candado ni ningún objeto pequeño y lo bastante pesado con el que hacerlo estallar, termino por estrellar el puño contra el vidrio hasta hacerlo pedazos.
Después me agacho entre los restos esparcidos por el suelo, recojo varias piezas y las trituro con paciencia hasta reducirlas a un polvo irregular que guardo en una pequeña bolsa de tela. Una parte queda oculta entre mi pantorrilla y el calcetín, y otra la deslizo dentro de la manga ajustada de mi camiseta, que lame la piel de mi muñeca de una forma sumamente incómoda, aunque creo poder soportarlo.
El corte que me inflijo en los dedos es una consecuencia inevitable, y no tardo en advertir que estoy perdiendo más sangre de la que había previsto, incluso después de haberme envuelto la mano con una tira de tela arrancada de mi propia bata. Me preocupa tanto que alguien pueda acudir a ver qué estoy haciendo que me obligo a soportar los aullidos de dolor en silencio.
Luego de secar el piso con la bata que he roto, me incorporo del suelo con el pulso retumbándome en la herida y entonces descubro la sombra de mi hermana aguardándome al otro lado del espejo, cuya imagen se recompone entre las grietas del vidrio astillado. Su silueta lúgubre se superpone a la mía, ocupando mi cuerpo mortal de carne y hueso mientras los fragmentos irregulares deforman los contornos de su figura negra.
Las luces de los veleros permanecen apagadas, pero sus ojos lunares derraman una claridad débil que se dispersa entre las fracturas del espejo y alcanza el resto de la habitación.
Apoyo cuidadosamente mi palma contra el vidrio del espejo y ella posa la suya en el mismo punto. Entre ambas manos comienza a expandirse una bruma negra que se adhiere al reflejo y lo invade lentamente, pero de este lado no es más que una apariencia sin temperatura ni sustancia real.
Es la primera vez, desde el ritual de mi sigilo, que consigo verla de nuevo, y descubro que, tal vez —por un hallazgo completamente fortuito—, su presencia se vuelve más accesible cuando mi propia sangre está de por medio entre su mundo sustancialmente complejo y mi necesidad de comunicación.
—¿Cómo puedo sacarte de ahí? —le pregunto, deslizando los dedos por las zonas menos resquebrajadas del espejo, mientras ella reproduce mis movimientos con exactitud—. Tengo algunos planes que ni siquiera estoy segura de que puedan funcionar, y en este momento necesito tu opinión.