Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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KEILAM HACE DIEZ AÑOS (ADVERTENCIA: contiene violencia explícita en el que se involucra a un animal).
El escozor en mis ojos se había vuelto insoportable, pero aun así los mantuve abiertos a la fuerza.
La madera de los escalones se sentía helada bajo mis piernas. Tenía los dedos aferrados al barrote con tanta fuerza que me dolían los nudillos. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí. Podían haber pasado minutos, o podría haber transcurrido durante toda la noche.
Bobby seguía moviéndose.
La primera vez que lo vi, Bobby era una bolita de pelo blanco, chiquita y energética. Tenía las orejas más largas que la cabeza y los ojos negros como cuentas. Le gustaban las zanahorias, pero prefería las hojas de lechuga bien crujientes. También recuerdo que se acurrucaba en mi regazo cuando me quedaba dormida en el sillón, se metía bajo mi cama cuando llovía fuerte. Era mío. Yo lo había criado.
Ahora estaba en el suelo, jadeando, con espasmos cada vez más bruscos. No lograba entender por qué ni cómo. Solo que le dolía y que yo no podía hacer nada para frenarlo.
Ophelia estaba sentada en el centro de la sala, con las piernas dobladas y una sábana plástica debajo del cuerpo. El cuchillo en su mano se veía pesado, no porque lo sea, sino porque sus dedos tambaleaban alrededor del mango. Tengo la imagen de como ella apretaba la mandíbula y empujaba el filo contra la garganta de Bobby, intentando hacer un corte limpio, pero la hoja se resbalaba una y otra vez. Apenas logró desgarrarlo, la sangre brotó de inmediato, deslizándose más allá del plástico y formando charcos irregulares en el parqué. Bobby pateaba y abrió el hocico en un intento de emitir algún sonido.
Sentía la presión de un nudo en la garganta, el ardor de las lágrimas acumulándose y el temblor en los dedos. El cuerpo me dolía por dentro, y nadie nunca me había explicado que la angustia también podía retorcerte cada tripa.
La luz rebotaba sobre la hoja del cuchillo cubierta de sangre, y aunque todo parecía en silencio, el latido en mis oídos no cesaba. Golpeaba desde dentro, una y otra vez, aturdiéndome cada vez más.
No se detenía.
No se detenía.
No se detenía.
No se detenía.
No se detenía.
Ophelia respiraba con más fuerza y con los dientes apretados dejaban escapar quejidos. El filo se desvió, rasgando en la dirección equivocada, y recuerdo haberla oído insultar a mi mascota. Después, reajustó el agarre y empujó con más decisión.
El cuchillo se hundió de golpe, atravesando el cuerpo del animal. Así que Bobby se estremeció una última vez y después ya no se movió.
Clavé las uñas en los barrotes de la escalera y la garganta se me cerró por completo. Me costaba respirar y tragar resultaba peor.