Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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KEILAM
Modric aprieta mi mano con firmeza, tirando de mí por los pasillos de la mansión. Camina muy rápido, sin mirar atrás ni hablar. Yo lo sigo sin decir ni una palabra. He de admitir que no hay acción que considere más detestable que el silencio. Me desestabiliza.
Respiro con dificultad. La urgencia se cuela en mis músculos y me deja un zumbido en los pulmones. Mi garganta se reseca, y cada inhalación me arranca un poco de calor corporal, arrebatándome la seguridad que tuve cuando comencé a maquillarme para esta ocasión.
No llevamos máscaras. Eso lo noto demasiado tarde. Es la primera vez que entro sin el anonimato, sin la protección absurda de un rostro prestado. Camino con la cara descubierta, y no debería ser un problema, pero los mayordomos siguen en sus puestos con sus posturas rígidas y esos jodidos rostros de ave que no parpadean. No se mueven, pero me ven. Siento cómo sus ojos resecos se clavan en mí cuando pasamos frente a ellos. No apartan la mirada.
Les devuelvo la mirada, pese a eso no consigo intimidarlos.
Modric no baja el ritmo. Abre puertas con la mano libre, atravesamos salones que conoce de memoria y no nos detenemos en ningún momento. Me obliga a seguirle el paso; a veces lo logro, otras me tropiezo, porque los giros son inesperados, las alfombras gruesas frenan mis botas y las lámparas bajas proyectan sombras que confunden mi vista. Cada vez que él abre una puerta, la cierra con un golpe tosco.
Me doy cuenta de que ya no hay ventanas. Ya no sé si estamos arriba o abajo.
Escucho algo.
Es grave: arrastra saliva y aire. No es un rugido. Oigo un poco más y me doy cuenta de que tampoco es un quejido. Es una mezcla pastosa entre una respiración forzada y un esfuerzo animal. Repite y se arrastra desde algún lugar más allá.
Modric se detiene de golpe.
Yo freno tarde. Mi cuerpo choca contra su espalda y él extiende un brazo detrás de mi torso, manteniéndome en pie.
Con un gesto de la mano, me ordena no emitir ningún sonido.
No lo hago.
Miramos alrededor. El salón es amplio, con paredes altas que terminan en un techo abovedado. La luz es cálida pero insuficiente.
Modric suelta mi muñeca y se adelanta solo unos pasos hacia la puerta de roble gigantesca. Tiene grabados que no distingo bien desde donde estoy, así que me acomodo las gafas intentando descifrarlo. Debo limpiar el cristal, pero temo despistarme en el peor momento. Él apoya ambas palmas contra la superficie y acerca el oído. Escucha.
El sonido del otro lado se intensifica. Un golpe. Otro. Suena algo pesado contra madera. Un jadeo profundo e irregular, casi asmático, que no es humano. Hay un tono demasiado grave. Y luego otro estallido. Metal contra metal. Un chirrido. Un bufido. No sabría decir de qué. Es evidente que lo que hay detrás de esa puerta, lo que sea, es exactamente la razón por la que Dubravko Modric quiso venir hasta aquí.