Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Stop a Bullet - Black Light Burns
KEILAM
Un murmullo de voces me arranca de un sueño profundo.
Busco a Modric a tientas y solo encuentro la frialdad de las sábanas, revueltas desde hacía rato. Su ausencia termina de despejarme y me deja sin margen para volver a dormirme. De modo que me levanto con el pie izquierdo, cruzo el cuarto y entreabro la puerta, con la esperanza de no toparme con ningún idiota que considerara aceptable irrumpir en el sueño ajeno a estas horas.
Cuando llego al pasillo, todavía con las lagañas pegadas y la cabeza a medio encender, reconozco la voz testaruda de Dubravko, esa misma que usa cuando discute y no se esfuerza en parecer amable si no estoy delante. Por otro lado, tardo un poco más en identificar la voz que lo acompañaba en la conversación, hasta que menciona que iba a llamar al chofer. Es Valdren y, por la forma con la que lo dice, parece estar hablando de mover un cadáver.
—Debemos hacerlo —susurra Dubravko, moviéndose de un lado a otro—. Tengo que hacerlo.
El silencio que se estira en la sala no me asusta en lo más mínimo; al contrario, me despierta una curiosidad voraz por saber qué estaban haciendo ahí dentro, si el cuerpo ya estaba ahí o si todavía estaban decidiendo dónde hacerlo.
Suelo sacar conclusiones demasiado rápido, pero el olor al nerviosismo es inconfundible. Se parece demasiado al de un asesinato reciente.
Me acerco despacio y me pego al mueble del pasillo, uno con cajones siempre vacíos que nadie usa para nada. Me agacho detrás, me estiro apenas para espiar los sillones y no encuentro a nadie donde esperaba verlos. En ese movimiento levanto un poco más la cabeza y casi salto del susto cuando me cruzo con mi propio reflejo en el espejo de arriba. Me quedo un segundo mirándome, con la cara torcida por el sobresalto, y pienso que si así me veo yo, no quiero imaginar qué aspecto tendría un cadáver en esta casa.
—¿Trajiste la pistola? —le pregunta Dubravko, sin subir la voz.
—Traje un rifle por si acaso. Está en el maletín, sin montar.
—Eso es excesivo, Val... —resopla—. No estamos yendo a una guerra.
—Tú me pediste cautela, no discreción.
Alcanzo a ver cómo la silueta del rubio cruza el salón y de pronto escucho los chasquidos de unas trabas al abrirse. Cuando regresa hacia la sala, me recojo de golpe detrás del mueble y me obligo a no asomarme otra vez.
Mi reacción dista bastante de ser prudente, aunque el apuro por no quedar expuesta y justificar mi estupidez es mucho más urgente en este momento. Y me queda claro que ya es tarde para decidir si esto les importaría tanto como a mí. Tal vez no. Tal vez sí. Da igual. Todo habría sido más simple si me levantaba, caminaba hasta la sala y preguntaba qué demonios estaban haciendo. No lo hice. Así que ahora estoy tratando de contener mi respiración y confirmando, una vez más, que cuando algo se complica suelo elegir la peor forma posible de manejarlo.