47 Pacto de sangre

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MODRICHACE CINCO AÑOS

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MODRIC
HACE CINCO AÑOS

Los mensajes de voz no los había recibido recientemente, ya que no pertenecían a este teléfono, ni siquiera a esta etapa de mi vida. Los había recuperado por accidente semanas atrás, mientras intentaba restaurar unos archivos antiguos desde una copia de seguridad. No los buscaba. No obstante, cuando aparecieron en la lista, no fui capaz de ignorarlos. Los dejé sonar. Uno tras otro. Fueron diez mensajes de voz distribuidos en el lapso de dos años; cada uno grabado durante periodos en los que intenté desaparecer de su vida. Y desde que escuché el primero, sentí una necesidad angustiante de contárselo a alguien.

Ella me convenció de que hablar sería una condena, no solo para mí, sino también para quienes me rodeaban y aún lograba querer, como mi hermano. Le creí y después, al convivir con estudiantes de mi edad, empecé a notar costumbres que no me eran familiares. La forma en la que eran tratados y la libertad que gozaban, evidenciaban una carencia que solo yo arrastraba.

Estaba asustado. Completamente solo y en pánico.

Me esforcé por convencerme de que lo peor había quedado atrás. Que el tratamiento que la élite me había asignado estaba logrando, al menos en apariencia, estabilizarme. Sin embargo, bastaba oír su voz otra vez, o cruzarme con una fragancia parecida a la suya en un pasillo cualquiera, para reconocer que nunca me había curado de verdad. Volvía a hiperventilar, a llorar sin saber por qué y a perder el control total de mi cuerpo. Después, me encerraba en mi departamento durante semanas, sin contestar llamadas y sin hablar con nadie, hasta que alguno de los asistentes asignados por la élite aparecía en la puerta, golpeando con discreción y preguntando, sin alterar el tono ni el rostro, si aún seguía con vida.

Hubo momentos en los que deseé no estarlo. En los que fantaseé con desaparecer, no con la muerte romántica que algunos imaginan, sino con el cese absoluto del dolor. Pero no podía hacerlo. Tenía miedo. No habría redención para mí al final del camino, y por eso no estaba dispuesto a precipitarme al fuego antes de tiempo.

Su figura emergía desde una base metálica, esculpida solo desde el pecho hasta la coronilla y suspendida con una rigidez que evocaba más a un cadáver preservado que a una obra.

Me incliné sobre la mesa con los dedos manchados hasta las uñas, sosteniendo la cuchilla de modelado entre los nudillos entumecidos. Deslicé lentamente la hoja por el contorno de sus pómulos, que son altos, prominentes y proyectados hacia fuera con una belleza estructural. No comprendía por qué volvía a modelarla así, con esa misma expresión serena que jamás había visto realmente en su rostro mientras respiraba.

La verdad era sencilla: verla quieta me calmaba. Sin piernas para acercarse. Sin brazos para sujetarme. Sin boca para gritar.

Ese era el único modo en que lograba pensar en ella sin sentir náuseas.

La luz de la luna se filtraba oblicua por la ventana. No podía decir con certeza qué hora era, solo recuerdo que era sábado —o tal vez domingo— y que llevaba demasiadas horas encerrado en ese taller, dejando que la misma voz se repitiera una y otra vez por la bocina de mi teléfono.

Las manos de ModricHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora