14 Controle sus impulsos, Bowers

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Worthy - The Home Team

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KEILAM

Mi corazón empieza a latir más rápido cuando Modric se endereza y avanza hacia mí. Sus ojos recorren mis piernas, ascienden por mis caderas y se detienen en mi cuello con una lentitud que me obliga a quedarme inmóvil. Yo tampoco aparto la mirada y lo examino de pies a cabeza, notando entonces el cigarrillo que humea entre sus dedos índice y medio.

—¿Qué significa esto, Bowers? ¿Qué implica que se lo haya puesto para mí? —Se detiene a mi lado, toma la etiqueta de mi vestido entre sus dedos y la desliza de nuevo entre la tela y mi piel—. ¿Está aceptando mi propuesta?

Contengo la respiración y fijo la mirada en el espejo frente a nosotros, donde su cuerpo se refleja contra el mío. Sus ojos permanecen fijos en el perfil de mi rostro, enrojecido por los nervios, y no aparta la mano de mi cuerpo mientras descansa la otra en el borde del lavamanos, justo donde estoy apoyada.

—¿Cuál propuesta?

Hace tiempo que la sangre no me iluminaba las mejillas de esa forma.

—Que deje de evadir el destino que la conduce hacia mí. Hacia nosotros.

—Si hubiera estado huyendo, usted no estaría tan cerca —espeto.

—Entonces, si esa es su voluntad, no me responsabilice por no oponer resistencia a la fortuna.

Su mano asciende por las vértebras que el vestido deja al descubierto hasta alcanzar mi nuca, donde sus dedos se cierran con firmeza y me obligan a sostenerle la mirada. Me quejo por el dolor, pero no afloja la presión.

—Ella entraba en una habitación y el aire cambiaba —murmura junto a mi oído—. Usted provoca lo mismo.

Frunzo el ceño con fuerza, arrastrando los párpados hasta convertir mi mirada en una línea tensa que endurece mi expresión con un disgusto repentino.

—¿Qué le da derecho a meter a mi hermana en esto? —Intento apartar su mano, pero cuanto más forcejeo, más fuerte se vuelve su agarre—. Es repugnante.

—¿Ophelia? Nadie está hablando de Ophelia, Keilam.

Sus ojos grises adquieren un brillo extraño, y la forma en que se abren, junto con la dilatación repentina de sus pupilas, me inquieta.

De solo pensar en alguna de sus chicas eslavas, como insinuó Rui, siento una repulsión que se vuelve también contra mí misma, porque en este preciso instante podría darle un puñetazo en las pelotas y marcharme, pero no vine hasta aquí para rendirme tan pronto.

Las manos de ModricHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora