25 Nuestra nueva vida

533 52 345
                                        

No Time To Die - Billie Eilish

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

No Time To Die - Billie Eilish

KEILAM

Ya llevo dos días en casa de mis papás, lo cual sería simplemente aburrido si no fuera porque la conversación que tuve con mamá sigue dándome vueltas en la cabeza.

Paso de canal en canal mientras la televisión murmura de fondo. En ese momento oigo a los vecinos aparcar su coche, así que bajo el volumen. Cuando sus voces se apagan al otro lado de las paredes de su casa, vuelvo a subirlo.

Le dedico una mirada breve a la pantalla de mi teléfono, que lleva ya un buen rato sin encenderse. Eso solo puede significar que Dubravko desistió de obtener una respuesta de mi parte, después de los más de veinte mensajes que me envió y que he dejado sin contestar.

Levanto la vista y noto sus dulces ojos al otro lado de la sala, viéndome desde la chimenea. La fotografía de Ophelia me observa, y sin poder soportarlo, me levanto del sofá y le doy la vuelta al portarretrato.

No tengo sueño. Llevo varios días sin dormir más de dos horas seguidas y ya no me quedan uñas que morder. Salir a caminar parece la única opción. Así que, sin pensarlo demasiado, me calzo las botas y salgo de casa sin abrigarme lo suficiente.

Joder, ni me acuerdo si cerré la puerta.

La calle está vacía y reina un silencio casi total. Me meto un chicle en la boca, lo mastico entre los dientes y soplo una burbuja. Estalla enseguida y el sabor empieza a diluirse. Vuelvo a inflarlo.

No sé qué hago en la calle a esta hora, sin embargo, tampoco podría quedarme quieta en casa. Necesito moverme, así que continúo caminando sin rumbo. El aire helado me cala hondo y lo siento en mis pulmones cada vez que respiro, y aun así no me detengo. No quiero hacerlo. El frío me mantiene despierta y alerta, y descubro que esa sensación me gusta. Los árboles se recortan oscuros contra la noche, mientras la luz de los faroles apenas ilumina un par de metros a su alrededor.

La ciudad está muerta, y me doy cuenta de que me gusta así.

«¿A dónde voy? ¿A dónde? ¿Dónde?», tarareo.

Me arden las piernas, pero sigo avanzando. Inflo el chicle otra vez y explota contra mis labios.

Paso delante de una discoteca de mala muerte, el único lugar que parece tener movimiento. Algunas personas salen tambaleándose, otros se quedan de pie para llamar a alguien que los recoja, y también hay varios que siguen haciendo fila para ingresar. Un grupo de tres chicos me saluda con entusiasmo, como si mi presencia fuera el evento más emocionante de su noche. Su risa es contagiosa y me hace sonreír. Les devuelvo el saludo con la misma energía, y a los pocos metros los pierdo de vista.

Las manos de ModricHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora