Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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KEILAM
El comedor del campus está lleno. El ruido es constante entre las charlas dispersas, los cubiertos chocando contra platos y el pitido ocasional de una bandeja deslizándose sobre la barra de comida. Ni la costumbre a cada uno de ellos me ayuda a no sobresaltarme.
Estoy sentada junto a Vesna y Dana, con una bandeja frente a mí que no pienso tocar. La pasta tiene un aspecto gomoso y la ensalada parece sacada de una bolsa de supermercado abierta hace tres días. Paso el tenedor por los fideos con desgana, viendo cómo la salsa se desliza lentamente por el borde del plato. Vesna, en cambio, parece disfrutar de sus patatas fritas. Mientras mastica, agita la mano con entusiasmo y dice:
—Bien, pero escucha esto. Ruiven consiguió una colección de bolsos de Chanel, edición de los 60. Ni siquiera salió a subasta. Se la ofrecieron en privado.
Dana, que está bebiendo su zumo de naranja, la mira con una ceja levantada.
—¿Y lo viste?
—Obvio que no, siquiera piensa usarlo. —Vesna rueda los ojos—. Rui es Rui. Lo va a guardar en una vitrina.
—Dios, lo odio. —Dana resopla, dejando el vaso sobre la mesa—. Si yo tuviera ese bolso, lo usaría hasta que se desintegrara.
—En su cabeza, el bolso tiene más valor intacto que en la calle.
—En mi cabeza, Rui está enfermo.
Vesna suelta una carcajada y revuelve su ensalada sin mucho entusiasmo.
—Sí, pero también tiene dinero.
Dana apoya el codo en la mesa y ladea la cabeza, pensativa.
—¿Cómo consiguen esas cosas? En serio. No me digas "dinero", quiero saber cómo demonios compran algo que ni siquiera está en subasta.
—Que curiosa —musito.
Por lo visto ninguna de las dos me oye. O tal vez no me prestan atención.
—Conexiones. Eso es todo. Rui conoce a la gente correcta. A veces, solo necesitas ser la persona indicada en el lugar indicado.
Dana sacude la cabeza con una sonrisa.
—Eso suena a una forma bonita de decir soborno.
—Prefiero decir networking extremo. Pero los sobornos funcionan bastante bien.
Dana se atraganta con la risa y se cubre la boca con la mano para no escupir el jugo. Yo las miro de reojo, pero apenas registro la conversación. No es que no me interese y no quiera participar. Es solo que todavía no sé cómo encajarme en lo normal después de todo lo que pasó.
«Modric lo hizo parecer muy fácil», pienso con desdén.
Se supone que el cuerpo lo hace solo: inhalar y exhalar. Pero no quiero parecer fuera de lugar, y mucho menos que noten cómo mis hombros suben y bajan con demasiado control. Cómo mis dedos están demasiado relajados sobre la mesa. Cómo mis ojos no saben dónde posar la mirada sin sentir que alguien los sigue.