Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Strangelove - Black Math
CONFESSOR
A diferencia de la mayoría de los cargos dentro de una élite, incluido el mío como confessor, el Ourotharim —empleo el término original para "elegido", dado que me resulta intolerable prescindir de la nomenclatura exacta— no se define por una transmisión sanguínea ni a una continuidad familiar, aunque pueda nacer, circunstancialmente, en el seno de una casa vinculada a la Orden. Esa proximidad, claro, facilita su detección, pero no lo determina.
Su surgimiento no está condicionado por su territorio, clase ni entorno. Puede aparecer en cualquier latitud, bajo condiciones adversas o privilegiadas —como ya he mencionado—, en contextos que favorezcan su aproximación a una orden secreta o que, por el contrario, la dificulten de manera casi absoluta. Con el tiempo, sin embargo, esa cualidad interna que lo distingue termina por volverlo perceptible para aquellas estructuras que operan invocando el nombre de Lucifer, o el de las entidades que cada jerarquía reconozca según su propio marco doctrinal.
Por consiguiente, un Ourotharim no nos pertenece por herencia alguna, sino por una afinidad ontológica. Y con afinidad ontológica me refiero a que su constitución más intrínseca guarda cierta compatibilidad —comprobada— con determinadas fuerzas y resulta refractaria a otras que la mayoría apenas alcanza a percibir, incluidas entidades oscuras procedentes del inframundo o limbo, cuya injerencia transcurre inadvertida para casi todos nosotros.
Todos, absolutamente todos los dirigentes de una orden secreta ambicionan hallar un Ourotharim para su propio círculo. No escatiman recursos ni vidas cuando se anuncia la irrupción de un nuevo nexo, y esa compulsión nos convierte, de manera inevitable, en adversarios naturales tras una misma clase de individuo excepcional, como ocurre ahora con Keilam Bowers. Quien, en términos ordinarios podría juzgársela imprudente, incluso intelectualmente descuidada, aunque esa lectura me resulta superficial.
Yo creo lo contrario. Y, por fortuna, nada de lo señalado con anterioridad reviste mayor trascendencia. En realidad, su valor no se cifra en lo que es hoy, sino en la proyección de lo que puede llegar a ser. De ahí que su importancia no radique en sus torpezas actuales ni en sus vacilaciones evidentes, sino en que, dentro de su propia constitución, exista una posibilidad en estado primario. Precisamente por esa condición inacabada resulta tan codiciada.
Recorro los pasillos del tercer nivel del castillo, aquel donde Keilam permanece recluida desde hace ya un mes. En su habitación dispone de todas las comodidades necesarias, y la climatización ha sido calibrada con exactitud para que pueda desplazarse en bata sin resentir el rigor de la fría primavera que azota el exterior.
Durante los primeros días devolvía la bandeja casi intacta, limitándose a alterar apenas la disposición de los alimentos. Pero actualmente los termina por completo, demostrando que su organismo ha decidido colaborar con el encierro.