Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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Bottom Of The Deep Blue Sea - MISSIO
DUBRAVKO
Principalmente, vine a Duskbridge para conseguir los documentos de Keilam; sin embargo, la verdadera razón era ella. No podía conciliar el sueño sabiendo que, tras recibir su primera marca de advertencia en casa de mis padres, seguía caminando sola por esta ciudad.
El estacionamiento del psiquiátrico yace desolado, inhóspito, bajo una hilera de faroles que derraman una luz blanquecina y fría, insuficiente para disipar la penumbra que se aferra a los contornos del lugar.
Duskbridge está infestada, y no me refiero únicamente a los séquitos habituales de Lucifer. Aquí operan también entidades mucho más antiguas, difíciles de clasificar y capaces de adoptar formas que imitan la identidad humana, lo que les permite desplazarse con total autonomía, sin necesidad de invocación alguna. Están en todas partes, aunque la concentración en esta ciudad resulta desproporcionada.
Existen otros enclaves marcados, por supuesto, pero este, en particular, siempre ha tenido una energía hostil. Se percibe casi como tierra de nadie, o al menos así lo interpretamos desde las órdenes extranjeras, ya que resulta extremadamente difícil comprender el tipo de operaciones en las que se involucra el Nexus of the Crimson Veil.
Esta incertidumbre es tal que incluso llegamos a cuestionar si existe entre ellos una organización verdaderamente cohesionada o una lealtad que pueda considerarse estable. De hecho, todo indica que no existe una jerarquía clara, ni siquiera entre las propias élites que operan aquí, y que tampoco hay pactos visibles que regulen su convivencia. Volviéndolos impredecibles y, en consecuencia, mucho más peligrosos.
El faro más cercano, justo sobre mi cabeza, comienza a titilar de manera irregular. La luz se apaga en breves fracciones de segundo, dejando intervalos de oscuridad que se prolongan por minutos antes de volverse erráticos otra vez. La primera vez que lo percibo, no le doy importancia. Sin embargo, cuando el parpadeo se vuelve más agresivo en su ritmo, me percato de que no se trata de una falla.
Mi señor intenta transmitirme un mensaje, y es posible que la razón por la que no logro percibirlo con claridad resida en mi estado aún debilitado tras el encuentro de ayer con Keilam.
El ardor nace en mi pecho, justo sobre el corazón, donde la cicatriz que llevo marcada desde hace años comienza a quemar con una intensidad creciente, como si los cortes que delinean el pentagrama intentaran abrirse otra vez.
Respiro profundamente y cierro los ojos por un instante, porque, por más tiempo que haya pasado sometiéndome a esto, el miedo nunca desaparece.
Alzo la mirada hacia la calle, más allá del estacionamiento, completamente desierta. No hay nadie a la vista, o al menos nada que mi alcance logre discernir a esta distancia. Y, sin embargo, sé que está cerca.