56 He visto al diablo con mis propios ojos

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I Can Be Your Mother - SOFIA ISELLA

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I Can Be Your Mother - SOFIA ISELLA

KEILAM

Las luces de las velas me incandilan la vista y bajo la mirada para disipar ese destello negro que persiste en mi visión nublada. Al hacerlo, me percato de que mis palmas siguen hundidas en el charco de sangre de la cúpula, ahora nuevamente habitada por cientos de invitados, miembros y mayordomos, quienes rompen en aplausos en el momento en que logro incorporarme y comprender con claridad que he regresado exactamente al lugar que me corresponde.

Giro con lentitud, recorriendo el mar de máscaras que abruma mi visión. Doy otro paso y, de pronto, unos brazos me toman con fuerza y me alzan contra un cuerpo conocido. Me encuentro con los ojos celestes de Dubravko, quien me sostiene y me mira como si hubiera temido, de verdad, que no volveríamos a encontrarnos.

Sus labios se funden con los míos y percibo el sabor salino de las lágrimas que se han detenido en su comisura. En cada caricia y en cada beso se me revela su amor, su orgullo y la familiaridad íntima que me devuelve, por fin, a un lugar seguro.

—Todo ha llegado a su fin, cariño —dice contra mi mejilla, sellando la frase con otro beso—. Ya no habrá más dolor para ti, ni noches de resistencia ni sacrificios. Tu sufrimiento no será nunca más necesario y podremos vivir en calma.

Sigo atrapada en un estado de aturdimiento que parece prolongarse cada vez más, volviéndome incapaz de procesar nada que no sea su voz y el contacto de sus manos sobre mi cuerpo, exhausto y blando.

No quiero que así sea el final.

No es aquí donde todo debe terminar.

Descanso las manos sobre sus hombros y me aparto lo necesario para mirarlo de frente, reconociendo en sus ojos una felicidad llena de esperanzas.

Tengo demasiadas preguntas acumuladas y también insultos que pugnan por salir, porque su engaño se vuelve cada vez más evidente justo en el momento en que debería ser el más valiente de los dos.

Si no se hubiera enamorado de mí, nada de esto estaría ocurriendo.

Estábamos destinados a ser eso y nada más: un elegido y su sacerdote, hechos el uno para el otro para servir a Lucifer y preservar el frágil equilibrio de la élite. En cambio, ahora soy consciente de que su propósito inicial derivó en encogerme hasta volverme una versión aceptable de su futuro, convirtiéndome en su esposa —tal vez, también en la jodida madre de sus hijos—, destinándome a una vida ordenada y doméstica que no contiene ninguna puta grandeza.

Pudimos haber sido felices en la misma medida. Sin embargo, lo único que siento ahora es frustración y un resentimiento que no logro disimular frente a sus decisiones. Lo amo tanto, o quizá más, de lo que él me ama a mí, y aun así Dubravko la ha cagado tanto como ha podido.

Las manos de ModricHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora