34 El arte de pertenecer

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MODRIC

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El edificio es peor de lo que imaginaba.

El pasillo de entrada está mal iluminado, las paredes tienen marcas de humedad y la pintura descascarada se cae en algunos lados. Hay un olor extraño en el aire, no exactamente desagradable, pero sí una mezcla de humedad y comida frita que lleva demasiado tiempo impregnada en el lugar.

Camino hacia las escaleras y apoyo la mano en la barandilla sin pensarlo. Error. La retiro de inmediato cuando siento lo pegajoso del metal.

A partir de ahora, sin tocar nada.

Cuando doblo en el pasillo correcto, una puerta se abre de golpe y una mujer mayor aparece en el umbral, sosteniendo una bolsa de basura. Es delgada, encorvada y con una bufanda de lana alrededor del cuello. Sus ojos azules caen sobre mí en cuanto me ve y se quedan ahí, fijos, llenos de una sospecha nada disimulada. Me deja claro que no encajo aquí.

No le doy mayor importancia. Paso de largo sin mirarla, pero siento su atención en mi espalda hasta que me detengo frente a la puerta de Keilam.

Golpeo dos veces con los nudillos.

Escucho pasos al otro lado y, segundos después, la puerta se abre.

Keilam está descalza, con un pantalón de pijama holgado y una camiseta morada de manga larga con el cuello ligeramente estirado. Su cabello está un poco húmedo y la iluminación cálida del departamento le da un aire extrañamente doméstico.

Un gato negro pasa entre sus piernas, enroscándose en sus tobillos. Ella me observa por un instante y luego baja la mirada a la bolsa que traigo.

—¿Te quedarás a vivir? —pregunta.

Sonrío apenas.

—Algo así.

Keilam resopla divertida y se hace a un lado para dejarme pasar.

El lugar es pequeño pero no sofocante. Hay bocetos esparcidos sobre la mesa, algunos papeles doblados en los extremos, lápices y restos de lo que parece arcilla seca en una esquina. Es un espacio caótico, pero está claro que su compañera de piso lo mantiene bastante limpio.

Dejo la bolsa sobre la mesa y saco el vino primero.

—¿Esperabas algo más formal? —comenta ella, al notar que la observo.

—No.

Se sienta en el sofá, con el gato trepando a su regazo.

Saco la caja del cuchillo que le compré de la bolsa y la dejo frente a ella.

—Un regalo.

Keilam la mira con desconfianza.

—No es mi cumpleaños.

—Tampoco el mío.

Duda un momento, pero termina tomando la caja y abriéndola. El cuchillo tiene su nombre grabado en el mango, junto con una frase en latín: "Materiam superat opus" 1). La hoja es afilada e impecable: hecha a medida para un escultor.

Las manos de ModricHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora