Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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KEILAM
Vesna está sentada en el sillón individual, con las piernas cruzadas. Viste un conjunto de media estación color gris oscuro y unos tacones de Louboutin recién lustrados. Apoya un álbum sobre sus muslos y hojea con lentitud las fotos de Ophelia, observando cada imagen con una media sonrisa.
Del otro lado del sofá, Modric está sentado junto a mí. Volvió hace un rato desde su suite con ropa distinta: la camisa negra de siempre sin abotonar del todo y una chaqueta de jean gastada. Revisa un álbum más pequeño y se detiene en una foto donde tengo unos ocho años y sostengo un sapo gigante entre los brazos. Estoy sonriendo con todos los dientes torcidos a la cámara. Sus dedos delinean con lentitud mis mejillas redondas.
—Esa la sacamos en el campo de los abuelos, ¿te acuerdas? —dice mi mamá desde el sillón más largo—. El sapo se había metido en el pozo de los perros y ella insistió en sacarlo con una red de mariposas.
Mi papá suelta una carcajada ronca.
—Después no lo soltó en todo el día y casi me da un infarto cuando lo encontré escondido debajo de su cama.
—Tenía nombre —aclaro, sin querer evitar sonreír.
—¿Cómo era? —pregunta Modric, sin mirarme.
—Jacobo.
Mi papá hace una mueca de asco como si todavía no lo superara.
—No me acuerdo que pasó luego —mi papá trata de recordar.
—Se quedó dormida con el sapo en la almohada —dice mi mamá, chasqueando los dedos—. Pobrecito.
—No es mi culpa que tuviera el sueño liviano —respondo, hundiéndome en el sillón.
Todos se ríen, incluso Vesna, que sigue concentrada en las fotos de mi hermana.
Mi mamá vuelve al álbum y pasa a otra página. Ahí estoy recién nacida, en su pecho, envuelta en una manta rosada y llena de manchas, con la cara arrugada como una ciruela pasada. Ella tiene los ojos hinchados, la cara empapada de sudor y una sonrisa agotada.
—Esa fue una noche de terror —murmura.
—Cuéntales —digo, intentando sonar casual—. Ellos no conocen la historia.
—Primero que nada, los sensores no marcaban bien su temperatura, así que pensaron que estaban rotos. Después no lograban registrarle el pulso. —Se posa una mano en el pecho, respirando hondo—. Le daban nalgadas y la muy caprichosa no lloraba.
—Como buena Bowers —agrega mi papá, desde la otra punta.
Mi mamá lo ignora.
—Y como si eso fuera poco, justo hubo un eclipse esa noche. Imagínense: se cortó la luz en plena cesárea. Estuvimos en el quirófano a oscuras y se escuchaban gritos por todos lados, en especial de esas dos madres que también estaban dando a luz el mismo día.