Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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KEILAM
La cocina huele a ajo y mantequilla derretida. Vesna se mueve entre la mesada y la estufa, removiendo algo en una sartén mientras yo, apoyada contra el marco de la puerta, la observo con un vaso de agua entre las manos.
—No te oí llegar —dice sin girarse.
—A la próxima grito.
Ella suelta una pequeña risa.
Me impulso con desgana y cruzo la cocina. La madera de la silla cruje cuando me siento en ella.
—¿Qué tal lo de hoy? —pregunto casual, refiriéndome a su jornada en la universidad.
—Aburrido. Me quedé dormida en una conferencia.
—Te creo.
Hago una pausa, dejando que el silencio se acomode un momento antes de hablar otra vez, pero ella se me adelanta:
—Hablé con mis tías esta tarde.
—¿Y? ¿Qué querían?
—Lo de siempre. Discutieron sobre una pintura y luego se quejaron de los nuevos compradores en las subastas.
—¿Compraron algo?
—Un óleo de no sé quién y una escultura de alguien que seguro se suicidó después de terminarla.
Me río entre dientes y tomo un trago de agua.
—Tienen buen ojo —alega con un dejo de sarcasmo
Ladeo la cabeza, algo disconforme, porque a mí sí me gustaron las pocas obras que vi que habían adquirido el año pasado.
—¿Hace cuánto no vas a una subasta? —pregunto
El sonido del cuchillo contra la tabla se detiene apenas un segundo antes de que siga con normalidad.
—Un par de semanas.
—Nunca me has llevado a una —le reprocho.
—Porque no tienen nada de emocionante.
—Para ti.
Cruzo una pierna sobre la otra, observando los movimientos de sus manos.
—Pero te rodeas de esa gente. ¿Por qué te resultaría aburrido entonces?
Ladea la cabeza y me lanza una mirada por encima del hombro.
—A veces no queda opción —contesta.
—¿Te acompañan tus tías?
—Hace tiempo que no. Pero ya me acostumbré, hay cosas en las que uno tiene que aprender a moverse por su cuenta.
—¿Cómo cuáles? —indago, genuinamente interesada.
Sé que le cuesta confiarme un lugar a su lado cuando se trata de subastas o cenas con otros artistas. Vesna siempre encuentra alguna excusa inteligente para ir sola o adelantarse, así que con el tiempo dejé de insistir. No es que ella me odie, pero digamos que no soy precisamente su idea de comportamiento adecuado para esos lugares: hablo demasiado, hago preguntas fuera de lugar y a veces alzo la voz sin querer. Supongo que le incomoda que yo no sepa fingir tan bien como ella.