10 ¿Te parezco cruel?

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Cigarettes out the Window - TV Girl

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Cigarettes out the Window - TV Girl

KEILAM

Cada vez que mi mente se da el lujo de divagar, termina llevándome a la misma escena del atardecer de hoy. No hay versión alternativa en la que yo salga bien parada. Allí no hice más que cavar mi propia tumba con esta boca de camionero y con esa necesidad casi enfermiza de demostrar lo fácil que me resulta desmontar a otro narcisista en cuestión de minutos, quizá tan narcisista como yo, lo cual debería servirme de ejemplo de lo que no tendría que convertirme el día que la fama me alcance.

Porque sí, cuando alguien es famoso, detectar sus debilidades no tiene demasiada ciencia. La gente habla, observa, opina, y uno aprende a leer entre las líneas de sus entrevistas. Ahora bien, jamás se me ocurrió que mi palabrerío pudiera hacerlo vacilar de verdad. Mucho menos al profesor Modric, a quien apenas estoy empezando a conocer otra vez y que, por lo visto, no encaja muy bien en la categoría de hombres que se dejan humillar sin costo.

Ninguna persona que se respete debería tragarse una humillación sin fantasear, al menos un segundo, con dejar al otro tuerto.

Me hundo en el asiento trasero del auto de Vesna —sin Vesna—, intentando encontrar una posición cómoda.

Odio pasar tanto tiempo encerrada en un coche, no lo soporto, la piel me empieza a picar y me entran ganas de rascarme hasta que noto que me estoy haciendo daño.

—Vesna está enloqueciendo. Hace compras compulsivas —le explico—. Bueno. Cada tanto compraba cosas para el departamento, pero últimamente llena carritos de Amazon con... No sé, mierdecillas raras. Fíjate en eso. —Le señalo el adorno que cuelga del espejo retrovisor: un cerdito con gafas de sol y audífonos de DJ que parece sacado de publicidad china.

La luz tenue que se filtra desde las casas del barrio privado alcanza apenas el interior del auto y hace relucir el tablero, salpicado de diminutas gotas de humedad que lograron colarse desde afuera. Es medianoche, estamos lejos del centro de la ciudad y, para rematar, estacionadas frente al enorme portón de la mansión Azevedo.

—¿Es por eso? —Dana se gira hacia mí y, durante un segundo, no tengo idea de qué está hablando. Al notar mi desconcierto añade—. La exposición de...

—¡Ah! ¡Sí! Sí, eso mismo. —Asiento.

Sí, claro que se lo había contado a Dana. Desde el primer día de clases vamos juntas a todas partes, dentro y fuera de la universidad, y hasta ha empezado a acompañarme al gimnasio. Nos hemos vuelto amigas y, por eso mismo, necesitaba hablarle de mis planes de asistir a las exposiciones de nuestro profesor —omitiendo a Ophelia y maquillando la historia para que sonara divertida—. Además, si algo salía mal, quería al menos un testigo capaz de confirmar que mis intenciones eran completamente inocentes, alguien externo de mi círculo más íntimo que pudiera afirmar que yo no soy el culpable de ninguna de las cosas que pudieran llegar a ocurrir.

Las manos de ModricHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora