58 ¿Me amas lo suficiente?

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A Different Kind of Love - Son Lux

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A Different Kind of Love - Son Lux

KEILAM

Cada tantos días acumulo al menos dos razones para no perdonarlo. Dos señales, dos decisiones o dos momentos en los que Dubravko eligió mal, conmigo o con el mundo, da igual. Y cada mañana, cuando los mayordomos determinan que es momento de asearme, repaso esos recuerdos como si liquidara una deuda pendiente. Moneda por moneda. Ojo por ojo. Los enumero y los exagero si es necesario, todo con tal de fijar en mi mente la versión más cruel de él y no dejar que me arrincone a la nostalgia de lo que fuimos.

Porque también existieron los otros momentos. Los buenos. Los que construimos como pareja, como alumna y profesor, como sacerdote y mártir, en una dinámica tan adictiva como imprescindible para devolverme el aire a los pulmones. Y, tal como me lo prometió, noto que jamás podré escapar de este sentimiento que solo él ha sabido despertar en mí, de modo que me aferro con uñas y carne a mis mecanismos más miserables y básicos con tal de no disolverme en la prisión que ahora es mi presente.

«Por fin encontré en otra persona la capacidad de despertar la sangre caliente que recorre por mis venas y que, al encenderse, me permite ver colores allí donde el resto del mundo solo percibe gris».

En la soledad de esta habitación, reconozco cuán débil soy frente a él. No por desconocer su capacidad de herir, sino por haber probado de cerca su facultad de consolar y enternecer cuando lo decide. Esa es la trampa. Dubravko transita de la severidad a la benevolencia con una naturalidad desconcertante y, precisamente en esa dualidad, llevé mi obsesión hacia un extremo mucho más oscuro y arriesgado. Así, absorta en su presencia, en su pensamiento y en la cadencia con la que pronuncia mi apellido, no pude distinguir dónde terminaba una dimensión y comenzaba la otra.

Por el contrario, yo siempre he sido cruel y jamás se lo oculté. Aunque procuro corregirme, atemperarme y fingir que actúo desde principios éticos, en esencia sigo siendo la misma y no pierdo el tiempo justificándome ante él, pese a que sí lo haga conmigo misma, porque nadie quiere asumirse como una mala persona. Porque cuanto más me obstino en negarlo, más evidente resulta el hastío que me produce fingir una virtud que no me es natural, mientras que Dubravko alterna sin dificultad entre el daño y la caricia, según le convenga.

Me recojo sobre mí misma, envuelta en mantas y almohadas, buscando el consuelo de un refugio tibio y estrecho que contraste con la amplitud inhóspita de la habitación.

He llorado poco, quizá porque ya no me quedan fuerzas o porque, inconscientemente, llevaba tiempo preparándome para este desenlace tan desfavorable para mis propios fines.

Cuando estoy a punto de cerrar los ojos y rendirme al sueño que me drena y me obliga a dormir cada vez más horas, la claridad del pasillo irrumpe por debajo de la puerta y se expande por la habitación, bañándome el rostro y cegándome durante unos segundos mientras intento incorporarme de la cama. Cada vez que esa puerta se abre, algo en mí insiste en creer que será Dubravko quien cruce el umbral para rescatarme del encierro que él mismo me impuso, y la única forma de sofocar el jodido impulso de olerlo y tocarlo, es imaginarme como lo apuñalo en el pecho una y otra vez con el alambre del broche de abeja que llevo en el cabello.

Las manos de ModricHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora