Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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EMPATHY 4 BETHANY - Saya Gray
KEILAM
El alba se eleva tras la arquitectura austrohúngara de la ciudad. Cada hogar y cada edificio parecen desprender una energía singular que solo puedo describir como mágica.
Me gustaría poder decir lo mismo de la catedral que se distingue desde el balcón, pero jamás la he visto completa. Desde el incendio de hace dos años permanece ennegrecida, chamuscada, con ese aspecto lúgubre que la hace parecer una catedral de cementerio. Y, lmentablemente, sigue envuelta en andamios y plásticos grises de construcción que la cubren casi entera.
Al principio, cuando me mudé a Croacia, llegué con la intención de trasladar esa arquitectura a los bocetos de mi maletín. Era un material idóneo para los proyectos que imaginaba desarrollar en un futuro todavía incierto. Sin embargo, en cuanto empecé a dibujar, me invadió un malestar difícil de ignorar. Tenía la sensación de estar apropiándome del trabajo ajeno, de reducir a bocetos algo que ya había sido concebido y representado por otros.
Supe que debía detenerme en el momento en que esos pensamientos empezaron a repetirse.
A partir de entonces, renunciar a la arquitectura y aceptar que quería dedicarme a la escultura no hizo más que empeorar mi relación con mi mamá. No tendría que pagar una matrícula nueva, ya que obtuve una beca por mis calificaciones de ingreso; aun así, sigue convencida de que no elegí una carrera "de verdad".
No es justo.
No es mi culpa querer expresar mis emociones a través de los conceptos que construyo en torno a un instante o a una emoción. Ahora, dos años después, entiendo que necesitaba un vínculo más directo con mi arte, la posibilidad de moldearlo con los dedos y sostenerlo entre las manos, ya fuera abstracto o figurativo, para mantenerme lo bastante cuerda como para caminar por la calle sin sentir el impulso de arrojarme frente a un autobús.
—Ya volvííí —anuncio, desplomándome en la silla reclinable que está junto a Vesna.
Le paso una de las botellitas de cerveza que sujeto entre los dedos y me quedo con la otra. Antes de que pueda llevármela a la boca, ella hace chocar su botella contra la mía y dice «Por un buen comienzo de clases». Entonces atrapo el borde de la tapa entre mis pequeños colmillos y muerdo hasta que una pequeña fracción se levanta; acto seguido, apoyo el pico de la botella contra la barandilla del balcón y termino de destaparla.
—Odio que hagas eso —farfulla, usando un llavero con forma de sombrero de bruja para destapar su botella—. No llegarás con la dentadura completa ni a los treinta.
—Admite que se ve genial.
Alzo las piernas y las descanso sobre la barandilla frente a nosotras.