Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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KEILAM
Apenas puedo mantenerme en pie mientras la adrenalina inunda cada rincón de mi cuerpo. Mi respiración es superficial, entrecortada, y cada inhalación me quema los pulmones. Un sudor frío me baja por las espalda. Me tiemblan las manos mientras me ajusto la capucha blanca otra vez.
—¡Keilam! —escucho la voz de Modric resonar detrás de mí, distante, pero cada vez más cerca.
Giro la cabeza y busco desesperadamente su figura entre las sombras que la luz de las velas proyecta contra las paredes. Y entonces alcanzo a ver a Modric. Su capa roja ondea con cada paso que da, y aunque su rostro está parcialmente oculto por la penumbra, puedo sentir sus ojos sobre mí.
—¡Detente! ¡Hablemos! —grita.
No lo pienso. Mis piernas reaccionan antes de que mi mente pueda decidir, y comienzo a correr por los pasillos del castillo. Mi corazón late tan fuerte que casi duele. El suelo de mármol bajo mis tacones es resbaladizo, pero no me detengo. Mis movimientos se vuelven descuidados, casi tropezando mientras subo las escaleras principales. Uno, dos, tres escalones a la vez. Deslizo mi mano rápidamente por la barandilla para mantener el equilibrio, y la otra la llevo al cuello de mi capa, intentando aliviar la presión. Me cuesta respirar. Estoy tragando sangre... o solo estoy sedienta.
El miedo es tangible ahora, aprieta mi garganta y acelera mi pulso. Mi visión comienza a estrecharse, solo puedo ver lo que está frente a mí. Tengo la boca seca y el pecho me duele con cada bocanada de aire.
El éxtasis...
—¡Keilam, no hagas esto! —la voz de Modric se escucha más cerca, más grave.
Abro una puerta al pasar, casi arrancándola de las bisagras, pero no me detengo a mirar qué hay dentro. Un salón vacío. La cierro de golpe y sigo corriendo. Otra puerta. Una biblioteca oscura, llena de muebles polvorientos. Ambas tienen demasiada iluminación.
—¡No es lo que piensas! ¡Escúchame, por favor! —su voz suena diferente esta vez, como si estuviera justo detrás de mí.
Mi mente está en blanco, enfocada únicamente en seguir corriendo, en seguir adelante sin mirar atrás. Mis piernas arden, pero ignoro el dolor. Siento las gotas de sudor corriendo por mi frente, mezclándose con las lágrimas que no sé cuándo empezaron a caer. Finalmente, encuentro una puerta al final del pasillo. La abro con fuerza y entro. Es un baño. Me encierro rápidamente, girando la llave, y luego pego mi espalda a la puerta.
Trato de recuperar el aliento. Cubro la parte donde está mi boca, intentando ahogar mis jadeos, desesperada por no hacer ruido.
Sus pasos.
Los escucho acercándose, pero ya no son apresurados. Ahora son lentos y decididos. Cada uno resuena en el suelo como un martillo, haciéndome cerrar los ojos con cada golpe.