13 La busqueda del tesoro

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Wonderful Nothing - Glass Animals

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Wonderful Nothing - Glass Animals

KEILAM

Avanzamos entre la multitud del Korpus. Las luces rojas vibran contra las paredes y el bajo retumba con tanta fuerza que siento el aire espesarse dentro de mis pulmones. Todo resulta sofocante, desde el volumen de la música dark electro —que suena exactamente como imagino una persecución en medio del espacio— hasta el calor acumulado y los cuerpos sudados que se aprietan y se rozan en bailes frenéticos.

A mi derecha, Rui y Vesna avanzan juntos entre la multitud. Él le rodea la cintura con el brazo para abrirse paso, y ella camina con una seguridad casi altiva, que confirma que ambos conocen bastante bien el espacio de este pub.

He salido a beber o a bailar en esta ciudad en contadas ocasiones, no porque me desagrade la idea —adoro tanto el alcohol como la música fuerte—, sino porque mi enfoque en la universidad y en entrenar ha desplazado casi por completo la búsqueda de diversión nocturna, pese a las constantes invitaciones de Vesna.

Estoy absorta en todo lo que me rodea.

Las barras de cristal resplandecen bajo las luces, mientras los tragos de colores vibrantes giran entre manos que se mueven en una sinfonía de risas y cuerpos que bailan con una cadencia casi sexual, nunca explícita ni grotesca, sino profundamente erótica por la pura belleza física de quienes participan.

—Recuerden —dice Rui. Sus ojos, decorados con piedras celestes, se fijan en mí justo antes de soltarme un guiño—. Yo invito.

He entendido lo último leyéndole los labios, pese a que mi mente continúa seducida por el espectáculo que nos envuelve, y asiento rítmicamente con la cabeza.

Avanzamos hasta la barra y Rui toma la delantera, lanzándole una señal discreta al bartender, un tipo alto de facciones marcadas y labios delgados, con una soltura que demuestra lo mucho que frecuenta el sitio. Su confianza se expande alrededor nuestro como una corriente fácil de seguir, pero ni así logra disipar los nervios que me recorren desde que decidí ponerme el vestido que me envió Modric.

—¿Lo de siempre? —pregunta el bartender y destapa una botella de whisky japonés.

Rui asiente y el bartender se pone manos a la obra con su trago favorito, un Sakura especial preparado con whisky japonés, jugo de cereza y un toque de azúcar, al menos eso indica la carta que tengo frente a mí. Cuando veo el precio, mi cuerpo recuerda que el agua es gratis. No importa que Rui vaya a pagar las bebidas, tampoco quiero abusar de su generosidad financiada por esa entrañable institución llamada herencia familiar.

Bueno... qué más da, que el capitalismo haga lo suyo por una vez.

Apoyo los brazos sobre la barra y me inclino apenas hacia adelante para aliviar la presión de mis botas negras, porque sentarme con esta adrenalina recorriéndome el cuerpo sería un desperdicio de energía. Podría correr diez veces la cuadra y seguiría igual de sobreestimulada.

Las manos de ModricHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora