17 Usted es mi decisión

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Who are you? - Bad Omens

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Who are you? - Bad Omens

DUBRAVKO

Giramos hacia un camino privado que desemboca en el restaurante Villa Dubrovnik. El edificio, una antigua mansión de piedra, conserva muros sólidos y ventanales ornamentados que evocan otra época. El jardín despliega una vegetación cuidada, con flores y especies exóticas que enmarcan la vista imponente del mar, visible desde cada ángulo privilegiado del lugar.

Aparco en el estacionamiento privado y, apenas detengo el motor, un valet se acerca para saludarnos.

Antes de que el valet alcance siquiera la puerta del acompañante, rodeo el coche y se la abro yo mismo a Keilam. Ella desciende sin mirarme y se aleja unos pasos hacia el borde del estacionamiento, con las manos en los bolsillos, examinando la fachada del edificio con una expresión de fascinación.

Aún con su puerta abierta, me aseguro varias veces de que permanezca lo bastante distraída. Aprovecho para abrir su mochila, que ha dejado sobre el asiento, y deslizar con cuidado la caja del teléfono en el bolsillo delantero, donde apenas asoma una etiqueta. Cierro el subo el cierre con la misma discreción y, antes de cerrar el coche, me permito un instante para observar los pines que adornan la tela. Gorillaz, Saya Gray, Mother Mother, Mitski. También distingo el rostro de Yorgos Lanthimos y la imagen de The Fly. Resulta revelador.

Rodeo el coche y extraigo de la parte trasera el ramo que preparé con antelación. Son crisantemos blancos, envueltos en papel negro y atados con un hilo verde que anudé yo mismo.

Continúa deambulando unos instantes más, grabando con el teléfono el golpe de las olas contra la piedra, hasta que finalmente advierte mi presencia a su espalda, con las flores entre las manos.

—¿Esto forma parte del protocolo de intimidación o del intento de seducción? —pregunta, acercándose para aspirar el aroma de las flores.

—Depende de cómo decida interpretarlo.

—Con sospecha. Aun así, gracias.

Cuando reanudo el paso hacia el restaurante, ella se coloca a mi lado y camina conmigo, sosteniendo el ramo apoyado contra la cadera, como si fuera un accesorio cuyo destino aún no termina de decidir.

Percibe que estoy atento a cómo lleva las flores y me lanza una mirada lateral.

—Nunca supe qué hacer con los hombres que regalan flores.

—¿Qué habría preferido, entonces? —pregunto—. Supuse que las flores no eran lo suyo, aunque creí que, aun así, apreciaría el gesto.

—De hecho, sí me gustan. Son hermosas. —Nos frenamos a pocos metros de la entrada, por que así lo decide ella—. Pero me incomoda que sea tan evidente que usted solo intenta caerme bien.

Las manos de ModricHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora