Keilam Bowers estudia en la Universidad de Bellas Artes e intenta disfrutar de lo que le resta de una juventud ordinaria, aunque su carácter narcisista e impulsivo le impida pasar desapercibida.
Desde hace siete años lleva sobre sí la ausencia de su...
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Threatened - Michael Jackson
MODRIC
Cuelgo la llamada con Pam, quien no dudó en reprocharme haber pospuesto la sesión para The Face.
No estoy dispuesto a recorrer seis horas de trayecto solo para posar ante una cámara y responder preguntas insustanciales sobre mi supuesta disponibilidad romántica. Hay cosas que no negocio, y mi tiempo es una de ellas.
El timbre de salida provoca que los estudiantes se despabilen y comiencen a recoger sus pertenencias con ese desorden que caracteriza el final de una jornada. No hay verdadera urgencia. La clase de hoy no exigió esfuerzo físico alguno; nos limitamos a revisar teoría sobre proporciones y medidas. En consecuencia, la limpieza de las herramientas resulta casi irrelevante.
Mis ojos, pese al desorden de papeles y voces en el aula, permanecen fijos en una esquina concreta del salón, donde Keilam recoge sus pertenencias.
Cuando estoy a punto de levantarme, con la imprudente intención de aproximarme a ella con discreción, un estudiante de cabello cobrizo se detiene frente a mi escritorio. Extiende una hoja y la señala mientras murmura algo que apenas me esfuerzo por descifrar. Intento concentrarme en lo que dice, pero la idea de acercarme a ella persiste con una insistencia casi irritante. Me obligo a mantener la compostura. Paso la mano por mi boca y la deslizo hasta el mentón, adoptando un gesto deliberadamente reflexivo, aunque mi atención, en realidad, se encuentra en otra parte.
—Los dedos son... —Frunzo el entrecejo, tratando de volver a la conversación con el estudiante frente a mí, pero entonces lo veo con más claridad—. Muy largos.
El aliento se me escapa al advertir la figura que ocupa el centro de la hoja. Una forma oscura e imprecisa, con dedos desmesuradamente largos que se enredan en hebras de cabello negro. La sensación de familiaridad que me provoca contemplar esto resulta perversamente intensa.
Alzo la mirada hacia el estudiante con los labios apenas entreabiertos, como si él fuese responsable de haber traído demasiado cerca algo que preferiría no ver reflejado en la creatividad de otro. Lo observo con una atención distinta, más aguda, intentando descifrar si comprende la naturaleza de lo que ha dibujado o si se trata de una coincidencia que solo a mí me resulta inquietante.
—¿Qué es esto? ¿Una persona?
El muchacho mueve los labios con vacilación, como si sopesara qué respuesta podría resultarme adecuada. Ninguna lo sería. No busco una explicación correcta, busco su inmediatez.
Por encima de su hombro distingo que Keilam ya se ha colocado la mochila. Me dirige una mirada breve, cómplice, antes de abandonar el aula. El muchacho mueve los labios con vacilación, como si midiera qué respuesta podría resultarme adecuada. Ninguna lo sería. No busco una explicación correcta, busco inmediatez.